jueves, 4 de marzo de 2021

3er Domingo de Cuaresma

“Como ya se acercaba la fiesta de la Pascua de los judíos, Jesús fue a Jerusalén. Y encontró en el templo a los vendedores de novillos, ovejas y palomas, y a los que estaban sentados en los puestos donde se le cambiaba el dinero a la gente. Al verlo, Jesús tomó unas cuerdas, se hizo un látigo y los echó a todos del templo, junto con sus ovejas y sus novillos. A los que cambiaban dinero les arrojó las monedas al suelo y les volcó las mesas. A los vendedores de palomas les dijo: ¡Saquen esto de aquí! ¡No hagan un mercado de la casa de mi Padre! Entonces sus discípulos se acordaron de la Escritura que dice: Me consumirá el celo por tu casa. Los judíos le preguntaron: ¿Qué prueba nos das de tu autoridad para hacer esto? Jesús les contestó: Destruyan este templo, y en tres días volveré a levantarlo. Los judíos le dijeron: Cuarenta y seis años se ha trabajado en la construcción de este templo, ¿y tú en tres días lo vas a levantar? Pero el templo al que Jesús se refería era su propio cuerpo. Por eso, cuando resucitó, sus discípulos se acordaron de esto que había dicho, y creyeron en la Escritura y en las palabras de Jesús.” Juan 2,13-22

Seguimos transitando este tiempo de Cuaresma. Un tiempo de recogimiento, de oración. Un tiempo de preparación, de estar atentos y atentas a la Palabra de Dios y a los acontecimientos que nos van a ir conduciendo lentamente hacia Semana Santa. El texto evangélico que acabamos de compartir es sumamente conocido por cierto. Y no solo remite o se refiere a la limpieza, a la purificación del templo de Jerusalén, sino que también hace una especie de juego de palabras entre el templo de Jerusalén y el templo que es el cuerpo de Jesús, el Cristo, que ha de ser derribado pero será levantado al tercer día. También de alguna manera el texto debemos leerlo a la luz de nuestra propia limpieza, nuestra propia purificación interior, que debiéramos tener no solo en tiempos de Cuaresma sino también cada día de nuestras vidas para gozarnos de la presencia del Resucitado y para vivir acorde a la voluntad de nuestro Padre celestial. En el texto del Evangelio podemos encontrar dos, tres imágenes. La primera es esa imagen de enojo de Jesús al ver, al observar, en que han convertido la casa de Dios. La han convertido en un lugar donde se comercia, donde se negocia, donde ya no están presentes los intereses del Reino sino que se hacen presentes los intereses y los negocios del mundo para precisamente comerciar allí en eso que debiera ser una casa de oración, una casa de alabanza, de adoración. Por eso su enojo y por eso su actitud de echar fuera todo aquello que jamás debió entrar a ese lugar. El segundo momento tiene que ver con la confrontación si se quiere de aquellos que viene a cuestionar la actitud de Jesús obviamente en defensa de sus intereses. Intereses mezquinos por cierto. Y lo confrontan acerca de la autoridad con que Jesús ha obrado. En esta segunda parte del relato claramente se manifiesta que no reconocen a Jesús como el Mesías, como el Hijo de Dios, como quien tendría autoridad suficiente no solo para limpiar ese templo si no para purificar todo templo, toda vida. Y la tercer parte del relato tiene íntima relación con el anuncio, con la profecía, que Jesús hace de sí mismo, de aquello que va a ocurrir con él. Que va a ser derribado, en clara alusión a su muerte y crucifixión, pero que ha de ser levantado al tercer día en el cumplimiento de la promesa, de la profecía dada, compartida, al pueblo de Israel. Ahora bien, que querrá decirnos el relato a nosotras y nosotros hombres y mujeres de este tiempo. Creo que en primer lugar debiéramos cuestionarnos si en el afán de obtener recursos para continuar la obra encomendada, para continuar nuestra proclamación a favor del Reino de Dios, y, nuestro testimonio a favor del Evangelio de Jesús, no caemos muchas veces en el pensamiento y en la dinámica del mundo que nos rodea, de negociar, de comerciar, con todo aquello que uno pueda negociar y comerciar puertas a dentro de nuestros templos, de nuestras casas de oración. Quizás debiéramos preguntarnos cuál es la mejor forma de obtener los recursos necesarios, suficientes, para nuestro cometido. Lo segundo es preguntarnos si en nuestras vidas de fe a veces, al igual que aquellos que confrontaron a Jesús ante este acontecimiento, si nosotras, nosotros, no cuestionamos también, inconscientemente al menos, la autoridad de Jesús. Decimos creer en él como Señor y Salvador de nuestras vidas, pero a veces la exigencia, el compromiso, la invitación, es tan mayúscula que nos supera. Y en este superarnos, en lo íntimo de nuestros corazones nos preguntamos: ¿con qué autoridad? ¿Con qué derecho nos exiges o nos pides esto, Señor? ¿Es en verdad el Señor y Salvador de nuestras vidas? Y lo tercero tiene que ver con algo tan íntimo en nosotras y en nosotros como debiera ser la limpieza, la purificación que debemos hacer en nuestros cuerpos y en nuestros corazones de todo aquello que nos aleja precisamente del seguimiento y el compromiso a favor del Reino, que nos aleja del testimonio que hemos de dar al mundo, y,  que hace de cada uno  y cada una, templos que dejan de ser templos vivos para convertirse en desecho o en aquello que Dios no quiere ni espera de aquel que dice ser su hijo. El apóstol Pablo nos recuerda en una de sus cartas que templos vivos del Dios vivo manifestado en Cristo somos, pues bien, este tiempo de Cuaresma camino a Semana Santa debiera ser un tiempo donde podamos pensar y reflexionar ¿cuáles son aquellas cosas, actitudes, que debiéramos cambiar en nuestras vidas? O, mejor dicho, que debiéramos dejar que Dios en Cristo transforme en nuestras vidas. Que Dios nos bendiga para que en este caminar por el desierto rumbo al Getsemaní  podamos reflexionar sobre nuestras vidas de fe, sobre nuestro compromiso, nuestro testimonio, sobre quien es en verdad Cristo para nuestras vidas. Amén.  

jueves, 25 de febrero de 2021

2do Domingo de Cuaresma

“Jesús comenzó a enseñarles que el Hijo del hombre tendría que sufrir mucho, y que sería rechazado por los ancianos, por los jefes de los sacerdotes y por los maestros de la ley. Les dijo que lo iban a matar, pero que resucitaría a los tres días. Esto se lo advirtió claramente. Entonces Pedro lo llevó aparte y comenzó a reprenderlo. Pero Jesús se volvió, miró a los discípulos y reprendió a Pedro, diciéndole: ¡Apártate de mí, Satanás! Tú no ves las cosas como las ve Dios, sino como las ven los hombres. Luego Jesús llamó a sus discípulos y a la gente, y dijo: Si alguno quiere ser discípulo mío, olvídese de sí mismo, cargue con su cruz y sígame. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda la vida por causa mía y por aceptar el evangelio, la salvará. ¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero, si pierde la vida? O también, ¿cuánto podrá pagar el hombre por su vida? Pues si alguno se avergüenza de mí y de mi mensaje delante de esta gente infiel y pecadora, también el Hijo del hombre se avergonzará de él cuando venga con la gloria de su Padre y con los santos ángeles.” Marcos 8,31-38

Segundo domingo del tiempo de Cuaresma. Segundo domingo donde en este caminar hacia el misterio de Semana Santa, de la Pascua de Resurrección, nos encontramos con este texto evangélico donde Jesús por un lado anuncia lo que va a ocurrir con él: que va a ser apresado, va a ser martirizado, crucificado y muerto. Es el anuncio que Jesús hace sobre su muerte. Por otro lado, pero en íntima relación con lo anterior, se nos habla acerca del significado profundo que tiene, o debería tener, en nuestras vidas el seguimiento de este Jesús al cual confesamos a boca abierta como Señor y Salvador de nuestras vidas. El anuncio de su muerte, el compartir esta noticia a sus discípulos, los conmociona; los discípulos se sienten confrontados, ante la experiencia de la partida de su Maestro, pero, también, quizás un poco entre sorprendidos  y acongojados. Acongojados porque cuando la enfermedad o la muerte o las dificultades sobrevienen a nuestras vidas y las compartimos con quien marcha a nuestro lado, esa noticia aflige al corazón de la hermano o del hermano. Pero sorprendidos porque en la mentalidad de los discípulos no pueda entra o caber la idea de que este Jesús al que ellos siguen, este al cual ellos consideran Hijo de Dios, el Mesías que ha venido al mundo, pueda sufrir, mucho menos el escarnio y la muerte. Convengamos que en la mentalidad de los discípulos está también presente la mentalidad que se hace lugar en el corazón y la mente del pueblo, de que el Mesías, el Hijo de Dios, ha de irrumpir en la realidad de ese pueblo que sufre, pero irrumpir con victoria, con poder, y la muerte no se condice para nada con esta idea. ¿Qué de poder y victoria puede haber en la muerte?, máxime teniendo en cuenta  el escarnio que significa la muerte en la cruz. Por eso los discípulos reaccionan, porque no alcanzan o no quieren entender lo que Jesús está compartiendo con ellos. Porque en verdad lo que Jesús hace es mostrarles, enseñarles, que esto que va a ocurrir con él forma parte del plan de salvación que Dios tiene para su pueblo y para la humanidad toda. Sin sufrimiento, sin dolor, no puede existir la experiencia de la muerte. Sin la experiencia de la muerte, uno no puede experimentar el gozo  y la gracia de la resurrección. Y Jesús reprende a sus discípulos, y un poco como para terminar de cerrar la idea, y para darle claridad y entendimiento a quien lo escucha habla del seguimiento y habla ya no de su cruz si no de la cruz de aquel que se dice ser su discípulo, su apóstol. Porque el seguimiento, el confesar con los labios que Jesús es el Hijo de Dios, el Cristo, el Mesías, nuestro Señor y Salvador; esa profesión de fe, implica, o tiene como consecuencia, el gesto concreto de manifestarse a favor de eso que uno profesa. Es decir, a dar testimonio que en verdad Jesús es el Cristo, el Mesías, Señor y Salvador nuestro. Y ese testimonio nos debe conducir por el mismo camino comprometido, a favor del reino de Dios, que tuvo Jesús. No puede haber otro camino. Uno puede pensar, pensar con lógica si se quiere, que si nuestro Maestro y Señor, como consecuencia de su proclamación a favor del reino de los cielos, sufre la persecución y la cruz, no podemos ser menos. Si en verdad nuestro testimonio y compromiso es con el reino de los cielos, entonces cada gesto, cada palabra, debe ser un mojón, un pequeño paso, un pequeño allanar el camino de ese reino de los cielos que ha de regresar, porque estamos inmersos en esa promesa: de que el reino viene a ser cumplimentado de una vez y para siempre. Que esto que se ha iniciado en Galilea, que esto cuyo primer acontecimiento, primer mojón, la muestra de lo que vendrá es precisamente la cruz de Cristo y su Resurrección. Ha de venir al final de los tiempos como una realidad visible del poder de Dios invisible que su Espíritu hace presente. Queridas hermanas, queridos hermanos, si somos discípulos de Jesús, pues bien, seguir las huellas del Maestro implica experimentar el rechazo que ha sufrido, el dolor que ha sufrido, la muerte misma como consecuencia de nuestro seguimiento. Por eso cargar la cruz, porque cargar el peso de la cruz, a través de nuestra caminada por el desierto de la vida, implica el gesto comprometido de aquel que es capaz de compartir su fe, especialmente con el que sufre, especialmente con aquel hermano, aquella hermana, que quizás está desesperanzado, está dolido, está angustiado. Y cargar la cruz es también subir al Gólgota para que ese madero, nuestro madero, sea enclavado al lado del madero que contiene el cuerpo del Maestro. Que Dios nos bendiga hermanas y hermanos para que en este tiempo de Cuaresma podamos seguir meditando en oración y en escucha atenta de la Palabra de Dios que es lo que Dios nos pide. Que es, no solo lo que nos pide, sino cuál es el mejor compromiso o mayor testimonio que hemos de dar a favor de este reino que se nos ha hecho presente y visible en el rostro de Cristo. Cargar nuestra cruz e ir tras los pasos del Maestro ese es nuestro cometido como hombres y mujeres de fe. Que Dios a través de su Santo Espíritu afirme nuestros pasos y nuestra caminata. Amén. 

jueves, 18 de febrero de 2021

1er Domingo de Cuaresma

“Por aquellos días, Jesús salió de Nazaret, que está en la región de Galilea, y Juan lo bautizó en el Jordán. En el momento de salir del agua, Jesús vio que el cielo se abría y que el Espíritu bajaba sobre él como una paloma. Y se oyó una voz del cielo, que decía: Tú eres mi Hijo amado, a quien he elegido. Después de esto, el Espíritu llevó a Jesús al desierto. Allí estuvo cuarenta días, viviendo entre las fieras y siendo puesto a prueba por Satanás; y los ángeles le servían. Después que metieron a Juan en la cárcel, Jesús fue a Galilea a anunciar las buenas noticias de parte de Dios. Decía: Ya se cumplió el plazo señalado, y el reino de Dios está cerca. Vuélvanse a Dios y acepten con fe sus buenas noticias.” Marcos 1,9-15

Comenzamos a transitar el tiempo de Cuaresma. Es un tiempo donde nos vamos preparando para redescubrir en nuestras vidas el misterio de Semana Santa, el misterio de la Pascua de la Resurrección. Pero también, este tiempo de Cuaresma, es un tiempo de prueba y recogimiento, porque esta preparación camino a la Pascua debe significar en nuestras vidas un evaluar y revisar nuestras actitudes, nuestras palabras, nuestros gestos, nuestro compromiso, nuestro testimonio, nuestra vida de fe. Porque este tiempo de Cuaresma de alguna manera significa transitar por el desierto. Un desierto árido, un desierto no exento de dificultades, un desierto caluroso, un desierto donde la sed se hará presente. El Evangelio que acabamos de compartir, nos relata la experiencia de este Jesús, el Hijo de Dios, el Mesías ansiado, prometido, esperado, que recibe el bautismo del Espíritu Santo y es conducido, llevado, al desierto a ser tentado, ser puesto a prueba, experimentar en ese desierto la experiencia de todo hombre, toda mujer, que camina, que desanda, que transita por el desierto de su vida. En la experiencia de la tentación sufrida por Jesús en el desierto, él, de alguna manera, se apropia, se hace carne, de nuestras propias dolencias, de nuestras propias pruebas. En Jesús, este tiempo durante el desierto, o en el desierto, implica también una preparación para el comienzo de su ministerio. A partir de esta experiencia, creo que Jesús, habiendo resistido la tentación y la prueba, fortalecido por el Espíritu Santo recibido en el bautismo, es que puede comenzar su ministerio. Puede comenzar su tiempo de Cuaresma, su caminada que lo va a conducir a esa semana donde será apresado, torturado, flagelado, crucificado, donde la realidad de la muerte se hará presente en su vida pero para dar paso a una realidad mucho más magnifica como es la de la resurrección. Habiendo sido bautizado, revestido del Espíritu, es que puede resistir la tentación y la prueba del desierto. Y la experiencia del desierto, de estas pruebas y tentaciones, son las que le permitirán comenzar a desandar el camino del testimonio a favor del reino de los cielos. Siempre asido de la mano de la misericordia de Dios, siempre fortalecido por el Espíritu de Dios. Este tiempo de Cuaresma que acabamos de iniciar en nuestras vidas también tiene el mismo cometido y el mismo propósito: el de experimentar en nuestras vidas la Gracia del Espíritu recibida en nuestro bautismo. El de experimentar como ese Espíritu, que es poder de Dios, poder que viene de lo alto, permite el tránsito por cada prueba, por cada tentación, que vienen a nuestras vidas en este tiempo de Cuaresma pero también en todo tiempo vivido. El tránsito por el desierto, es un tránsito ciertamente difícil, doloroso, un tránsito donde nuestros pasos muchas veces se verán ralentizados, o serán pasos pesados. Pero si el Espíritu Santo que ha venido a nosotras y nosotros al momento de nuestro bautismo nos fortalece, asido de la misericordia y el amor de Dios, podremos continuar camino. Nos asiste el Espíritu que asistió a Jesús en el desierto. Este Jesús, Hijo de Dios, que también experimento al igual que cada uno y cada una la prueba y la tentación. Nuestro cometido, nuestro propósito, nuestro Norte en esta Cuaresma, debe ser el recogimiento y la oración. A la vez que la prédica en cuanto testimonio y compromiso a favor del reino de Dios. Testimonio y compromiso que nos conducirán hasta la cruz de Cristo, que nos conducirán hasta esos acontecimientos pascuales en los cuales al igual que el Maestro también nosotras y nosotros hemos de hacer ese tránsito de muerte a vida y plenitud de vida. Que Dios nos bendiga, que Dios nos fortalezca, que Dios nos asista con su Espíritu, cada paso que demos en este tiempo de Cuaresma. Cada paso que demos hacia la cruz de Cristo. Amén. 

miércoles, 17 de febrero de 2021

Miércoles de Ceniza

El miércoles de Ceniza o Ash Wednesday (pues entre los anglosajones creyentes también es una celebración muy importante) marca el inicio de la cuaresma, periodo de 40 días que formalmente son de sacrificio y de una vida más austera. No son pocas las personas que deciden dejar algo importante para ellos durante la cuaresma, como forma de penitencia y solidarizar con el sacrificio de Jesús en Semana Santa. La forma más común de sacrificio va por el lado de la comida. Ese día es momento de redimir los pecados del año. La gente suele confesarse y, durante la ceremonia que se celebra en varias Iglesias Cristianas el Miércoles de Ceniza, el sacerdote o pastor les dibuja una cruz de cenizas en la frente. Las cenizas provienen de los ramos que quedaron del Domingo de Ramos del año anterior, los que son quemados. Las cenizas, son mojadas con agua bendita y quienes las reciben en su frente, pueden sentirse perdonados para empezar así su sacrifico de cuaresma. 

El rito del Miércoles de Ceniza, no es un sacramento, sino que algo simbólico y se puede realizar en cualquier lugar, no importa que no sea una iglesia. En el caso de los metodistas, las cenizas también pertenecen a los restos del Domingo de Ramos. Por el lado de las Iglesias Luterana, Bautistas y ortodoxas, el Miércoles de Ceniza es una festividad de menor importancia, pero si se le respeta en su significado. Por su parte, los Anglicanos si lo celebran en un rito bastante similar al católico. Se cree que el Miércoles de Ceniza nació en el siglo VIII de la mano del Abad Aelfric, que provenía de lo que hoy es Inglaterra. En su libro La Vida de los Santos, indica que el hombre debe redimirse de sus pecados dejando caer cenizas sobre su cabeza. El rito pasó a realizarse antes de la Cuaresma. Si bien el inicio del Miércoles de Ceniza como algo formal viene del siglo VIII, en el Antiguo y el Nuevo Testamento las cenizas juegan un rol de arrepentimiento o castigo en varios pasajes.

Hallar los mejores consejos

“Yo, la sabiduría, habito con la inteligencia, y sé hallar los mejores consejos.” Proverbios 8,12

“León y Jorge eran dos muchachos que estaban de aprendices en casa de un cerrajero. El maestro acababa de salir y ellos se encontraron solos en la tienda. Nuestro maestro, dijo León, se ha olvidado de cerrar con llave su armario. Ven y miraremos lo que hay dentro; yo he visto una carta abierta y la leeremos. No, respondió Jorge, que haya una llave en el armario o que no, es una misma cosa para los que son honrados. Yo no hablo de tocar nada, quiero solamente mirar. Pero, León, querer conocer lo que otro quería guardar para sí, es ser indiscreto. El indiscreto que roba los pensamientos y los secretos, es como el ladrón que roba dinero; los dos roban, cada uno a su manera, y los dos se deshonran. Yo no quiero ser indiscreto. León se ruborizó, comprendiendo que su compañero tenía razón. El que es honrado lo es con todo lo que pertenece a otro, tanto los secretos como el dinero.” ¿Quién no se sintió alguna vez a tener la misma intención de León? Es que, la tentación de descubrir los secretos de otros suele ser sumamente tentador. Pero, como bien nos recuerda Jorge, la indiscreción no deja de ser una manera de hurto. No de algo material, es cierto, pero sí de algo que no me pertenece, que forma parte de la intimidad del otro, la otra. Jorge supo actuar con inteligencia sabiendo dar un buen consejo, lo que lo convierte en una persona sabia. ¿Y nosotros? ¿Actuamos de la misma manera o nos dejamos llevar por la curiosidad e indiscreción? 

jueves, 11 de febrero de 2021

¿Ventanas o espejos?

“Jamás el oro ha sido para mí la base de mi confianza y seguridad. Jamás mi dicha ha consistido en tener grandes riquezas o en ganar mucho dinero. He visto brillar el sol y avanzar la luna en todo su esplendor, pero jamás los adoré en secreto ni les envié besos con la mano. Esto habría sido digno de castigo; ¡habría sido negar al Dios del cielo!” Job 31,24-28

“Un día, el rabino Eglón recibió la visita de un hombre muy religioso, muy rico y muy avaro. El rabino lo llevó a una ventana. ¿Qué ves?, le preguntó. Veo gente, le respondió el rico. Entonces el rabino lo llevó ante el espejo. ¿Y ahora qué ves?, volvió a preguntarle. Me veo a mí mismo, le contestó el otro. El rabino entonces le dijo: Pues, en la ventana como en el espejo, hay un cristal; sólo que el del espejo se halla recubierto por una capa de plata y, a causa de la plata, no se ve al prójimo, sino se ve uno a sí mismo.” El dinero, los bienes materiales, ni lo uno ni lo otro es malo de por sí; lo que lo vuelve malo es el mal uso que le damos. Cuando nuestro bienestar material está fundado sobre el aprovechamiento que hacemos de las circunstancias que nos rodean, o, de los hermanos y hermanas que caminan a nuestro lado, es allí entonces que pervertimos aquello que se nos ha dado para un buen uso o una correcta administración. Cuando frente nuestro tenemos un espejo, este nos devolverá nuestra imagen. Ahora, cuando abrimos las ventanas, podremos apreciar a nuestro prójimo; mirando su rostro, veremos reflejado el rostro de Cristo.  

viernes, 5 de febrero de 2021

Recibir lo que se necesita

“Al contrario, en todo damos muestras de que somos siervos de Dios, soportando con mucha paciencia los sufrimientos, las necesidades, las dificultades, los azotes, las prisiones, los alborotos, el trabajo duro, los desvelos y el hambre. También lo demostramos por nuestra pureza de vida, por nuestro conocimiento de la verdad, por nuestra tolerancia y bondad, por la presencia del Espíritu Santo en nosotros, por nuestro amor sincero, por nuestro mensaje de verdad y por el poder de Dios en nosotros. Usamos las armas de la rectitud, tanto para el ataque como para la defensa. Unas veces se nos honra, y otras veces se nos ofende; unas veces se habla bien de nosotros, y otras veces se habla mal. Nos tratan como a mentirosos, a pesar de que decimos la verdad. Nos tratan como a desconocidos, a pesar de que somos bien conocidos. Estamos medio muertos, pero seguimos viviendo; nos castigan, pero no nos matan. Parecemos tristes, pero siempre estamos contentos; parecemos pobres, pero enriquecemos a muchos; parece que no tenemos nada, pero lo tenemos todo.” 2 Corintios 6,4-10

“Alguien escribió lo siguiente hace casi un siglo: Pedí a Dios que me hiciera fuerte para sobresalir, me hizo débil para que aprendiera a obedecer humildemente. Pedí ayuda para hacer obras más grandes, se me dieron dolencias para hacer obras mejores. Pedí riquezas para obtener la felicidad, se me dio pobreza para que fuera prudente. Pedí de todo para poder gozar de la vida, se me concedió la vida para que gozara de todo. No recibí nada de lo que pedí, pero sí todo lo que necesitaba. A despecho de mí mismo, fueron oídas mis oraciones. Soy entre todos el más bienaventurado.”