jueves, 30 de abril de 2020

Todo queda crucificado con Cristo

“Cristo mismo llevó nuestros pecados en su cuerpo sobre la cruz, para que nosotros muramos al pecado y vivamos una vida de rectitud.” 
1 Pedro 2,24


Algunas veces me pongo a pensar en esa gran paradoja que significa para el cristiano el creer y confiar que esa cruz, centro de nuestra fe, no es señal de muerte sino por el contrario manifestación de vida.  Así es, es sobre esa cruz donde muere nuestro pecado, y nosotros, nosotras, con él, para renacer a la posibilidad de una vida de rectitud.  Una vida donde, podamos testimoniar los gestos y las palabras de Cristo. Como leemos en el poema ‘La Cruz’ de Santa Teresa de Jesús: El alma que a Dios está toda rendida, y muy de veras del mundo desasida la cruz le es árbol de vida y de consuelo, y un camino deleitoso para el cielo. El poder vivir una vida de rectitud sólo es posible porque en esa cruz Cristo mismo ha cargado con el peso que significaba a nuestras pobres y miserables vidas el pecado.  Es gracias a esa muerte que no sólo morimos al pecado sino que ‘renacemos’ a esa vida que nuestro buen Dios ha dispuesto para nosotros y nosotras. Una vida a través de la cual pueda manifestarse pequeños anticipos del reino que Jesús vino a mostrar. Que gozo y paz trae a nuestros corazones el saber que todo aquello que significa una carga y un peso sobre nuestras espaldas, todo aquello que nos separa de Dios y de nuestro hermano, nuestra hermana, todo aquello que nos impide el seguimiento y una vida en plenitud, todo eso queda crucificado allí con Cristo junto a su cruz.  

miércoles, 29 de abril de 2020

Intentaré ser fresa

“Pórtense más bien como siervos de Dios.” 1 Pedro 2,16


Se cuenta que cierta vez “un rey fue hasta su jardín y descubrió que sus árboles, arbustos y flores se estaban muriendo. El Roble le dijo que se moría porque no podía ser tan alto como el Pino. Volviéndose al Pino, lo halló caído porque no podía dar uvas como la Vid. Y la Vid se moría porque no podía florecer como la Rosa. La Rosa lloraba porque no podía ser alta y sólida como el Roble. Entonces encontró una planta, una Fresa, floreciendo y más fresca que nunca. El rey preguntó: ¿Cómo es que creces saludable en medio de este jardín mustio y sombrío? No lo sé. Quizás sea porque siempre supuse que cuando me plantaste, querías fresas. Si hubieras querido un Roble o una Rosa, los habrías plantado. En aquel momento me dije: Intentaré ser Fresa de la mejor manera que pueda.” Muchas veces ocurre que siendo robles anhelamos ser pino, o, siendo pino ser vid, o, en lugar de vid florecer como rosas. Y, esas muchas veces, olvidamos que hemos sido plantado fresas. Y así es como nos perdemos: Intentando ser otros, buscando servirnos antes que ser siervos de Dios. Olvidamos el servicio, el abrirnos a los y las demás alegrando la vista y el paladar. Impidiendo que nuestra fragancia pueda percibirse a la distancia. Y toda aquella vitamina presente en nuestras vidas, son sepultadas cuando intentamos ser robles / pinos / vides / rosas. Así ocurre también cuando, ¡cuántas veces!, en lugar de servir queremos ser servidos; cuando desoímos la invitación y el llamado en lugar de intentar ser fresa de la mejor manera que podamos.    

martes, 28 de abril de 2020

Luz, signo de vida

“…ustedes son una familia escogida, un sacerdocio al servicio del rey, una nación santa, un pueblo adquirido por Dios. Y esto es así para que anuncien las obras maravillosas de Dios, el cual los llamó a salir de la oscuridad para entrar en su luz maravillosa.” 1 Pedro 2,9


Una historia originaria de Etiopía cuenta que “un anciano en su lecho de muerte llamó a sus tres hijos y les dijo: No quiero dividir en tres lo que poseo porque eso dejaría muy pocos bienes a cada uno de vosotros. He decidido dar todo lo que tengo, como herencia, al que se muestre más hábil, más inteligente, más astuto y más sagaz. He dejado encima de la mesa una moneda para cada uno de vosotros. Tomadla. El que compre con esa moneda algo con lo que se pueda llenar la casa completamente se quedará con todo. Los tres se fueron. El primer hijo compró paja, pero solo consiguió llenar la casa hasta la mitad. El segundo hijo compró sacos de pluma, pero no logró llenar la casa mucho más que el anterior. El tercer hijo, que consiguió finalmente la herencia, solo compró un pequeño objeto. Era una vela. Esperó hasta la noche, encendió la vela y llenó la casa de luz.” Somos, al decir del apóstol, una familia escogida… una nación santa, un pueblo adquirido por Dios. Es por ello que se nos encomienda anunciar las obras maravillosas de Dios, el cual nos llamó a salir de la oscuridad para entrar en su luz maravillosa. Luz reflejo de la luz de Cristo. Luz que irradia el amor y la misericordia de Dios. Luz, signo de vida, testimonio de la Pascua. 

lunes, 27 de abril de 2020

Palabra viva y permanente

“Ahora ustedes, al obedecer al mensaje de la verdad, se han purificado para amar sinceramente a los hermanos. Así que deben amarse unos a otros con corazón puro y con todas sus fuerzas. Pues ustedes han vuelto a nacer, y esta vez no de padres humanos y mortales, sino de la palabra de Dios, que es viva y permanente.” 1 Pedro 1,22-23


“Entonces Dios dijo…”, y fue la luz, y, luego, las aguas. Y llamó al cielo, y nombró la tierra. “Entonces dijo…”, y la palabra fue vida. Y, aquello que existía al principio, se abrió paso, se hizo carne, y, como luz, habitó aquí en medio nuestro. Y la luz disipó tinieblas, echo fuera la mentira, dio a conocer la verdad. Verdad revelada en Jesucristo, quien se entrega en y por amor, y, en ese darse, nos enseña a amar. Abriendo los brazos al abrazo, el corazón a la generosidad y el servicio. Abriéndose al amor que permite amarse unos a otros con corazón puro, y, hacerlo con todas nuestras fuerzas. “Entonces Dios dijo…”, y fue la tierra fecunda abriendo surcos y pariendo vida. “Entonces dijo…” y fue el hombre, y fue la mujer, ya nacidos, no de padres humanos y mortales, sino de la palabra de Dios, palabra que es verbo y acción, palabra que es viva y permanente. Palabra que crea y recrea una y otra vez, que llama e invita al seguimiento. Palabra a través de la cual ya se abre camino la siembra que pare vida, plenitud de vida. Palabra encarnada, hecha raíz, en este Jesús que por amor muere, y, por amor, resucita. Palabra que ordena y empodera. Palabra del levántate y sal fuera. 

domingo, 26 de abril de 2020

Quédate con nosotros

“…Quédate con nosotros…” Lucas 24,29


Comparto con ustedes un poema de Gonzalo Báez-Camargo, titulado ‘Camino de Emaús’: 
“¿Cuándo y cómo llegó?
No sé la hora ni el instante preciso,
pero un día Él llegó a mi camino,
quietamente, sin rumor, sin estruendo.
Como inicia el alba.
Como empieza el rocío a formarse en el cáliz de las flores.
Como empieza la estrella a afirmarse en los cielos del crepúsculo.
Como empieza a formarse en las duras entrañas de la
tierra, el subterráneo manantial que un día aflorará
en riachuelo, y se irá transformando en río y en torrente.
Así fue. Entre el polvo de mi sendero abrupto y
solitario, apareció-no sé cuándo ni cómo- y
silenciosamente se colocó a mi vera.
No supe que era El, mas yo sentía más firme ahora el
báculo, más fuerte y más ligero el pie, más puro el
aire, más ancho el horizonte y menos fatigosa la jornada.
Y empecé a ver que el polvo del camino se me iba
haciendo polvo de oro al sol de aquella su presencia misteriosa,
y a sentir que cautivo iba quedando del dulce compañero mi albedrío,
y que empezaba a arder mi corazón...
Así fue. ¿Cuándo y cómo?
No lo sé, pero un día
tuve ya un Compañero en mi camino.
¡Y era El!”
Quédate con nosotros, Señor. Necesitamos de ti. Revélate en la Palabra y en el gesto cotidiano de partir y compartir el pan. Revélate en el abrazo y en este desandar camino, compartiendo la caminada y la vida. Quédate con nosotros, Señor, en estos tiempos cargados de incertidumbres y dificultades. Tiempos de angustias y de miedos. Quédate con nosotros, Señor, hoy y siempre. Amén. 

sábado, 25 de abril de 2020

Degustar el poder del Evangelio

“Por medio de Cristo, ustedes creen en Dios, el cual lo resucitó y lo glorificó; así que ustedes han puesto su fe y su esperanza en Dios.”
1 Pedro 1,21


“En cierta ocasión un no creyente estaba dando una charla acerca de la ‘no existencia de Dios.’  Él decía, ‘Dios no existe, nadie lo ha visto, ha sido un invento para engañar a la gente,’ y continuó un buen rato en su argumentación contra la existencia de Dios. Al terminar la charla, invitó a los oyentes que tuvieran inquietudes a preguntar lo que quisieran.  Entonces, se levantó un creyente que había seguido muy atento la charla, y que estaba comiendo una naranja, le preguntó: ‘Amigo mío, ¿esta naranja que estoy comiendo está dulce o ácida?’  El ateo, muy enojado, le contestó, ‘¿cómo voy a saber si no la he probado?’. El creyente respondió: ‘Entonces, ¿cómo usted puede asegurar que Dios no existe, si no lo ha probado?’” Y nosotros, ¿hemos probado a Dios? ¿Hemos degustado el poder del Evangelio de Cristo? Es por medio de Cristo que podemos creer en la existencia de un Dios que nos ama y nos cobija con cariño. Pues es Dios quien lo resucitó y lo glorificó. Si el misterio glorioso de la Pascua de resurrección se hizo carne en nosotras, si el tránsito de la muerte a la plenitud de vida ha comenzado a realizarse en medio nuestro a partir de esa tumba vacía, podemos entonces poner nuestra mirada, nuestra fe y esperanza, en aquel que ha hecho posible ese misterio y esa tumba. Degustar la buena nueva de Jesús en nuestras vidas es degustar la existencia de un Dios que lo hace posible. 

viernes, 24 de abril de 2020

Vida en y para la santidad

“… vivan de una manera completamente santa, porque Dios, que los llamó, es santo…” 1 Pedro 1,15 


Dios viene a nuestro encuentro y nos llama en Jesús, su hijo, el Cristo; quien se cruza en el camino de nuestras vidas una y otra vez.  Llamado que implica una invitación. Invitación a vivir ya no bajo los parámetros del mundo sino bajo los del reino, a experimentar la santidad en nuestras vidas de aquel que nos llamó primero. Seguramente, al igual que el joven Jeremías, anidamos muchas dudas en nuestros corazones: Que no estamos preparados, que no sabemos expresarnos correctamente, que tenemos temor ante el desafío que representa la misión encomendada.  Pero, llega el momento en que el celo por la palabra del Señor nos consume; que hay un fuego abrasador que surge dentro nuestro que nos quema, un viento impetuoso que nos impulsa hacia delante.  Entonces, en ese preciso instante somos definitivamente atraídos por Jesús y le seguimos.  Como quien descubre algo fundamental e imprescindible para su vida.  Y este paso, el paso que damos hacia Jesús, es el comienzo de una vida nueva; vida de la que aún no tenemos experiencia alguna y cuyos últimos alcances quizás comprenderemos al final del camino. Vida en y para la santidad.  Vida que es el paso que se abre a un mundo nuevo, una vida nueva, desconocido aún, pero deseado desde lo más profundo de nuestro corazón. Una vida completamente santa, porque Dios, que nos llamó, es santo. Vida con propósito y sentido, vida que ciertamente vale la pena ser vivida. En estos tiempos tan difíciles que nos tocan transitar ciertamente vivir en y para Cristo hace la diferencia. Dios nos bendiga.