jueves, 1 de abril de 2021

Viernes Santo

“Jesús salió llevando su cruz, para ir al llamado «Lugar de la Calavera» (que en hebreo se llama Gólgota). Allí lo crucificaron, y con él a otros dos, uno a cada lado, quedando Jesús en el medio. Pilato escribió un letrero que decía: «Jesús de Nazaret, Rey de los judíos», y lo mandó poner sobre la cruz. Muchos judíos leyeron aquel letrero, porque el lugar donde crucificaron a Jesús estaba cerca de la ciudad, y el letrero estaba escrito en hebreo, latín y griego. Por eso, los jefes de los sacerdotes judíos dijeron a Pilato: No escribas: “Rey de los judíos”, sino escribe: “El que dice ser Rey de los judíos”. Pero Pilato les contestó: Lo que he escrito, escrito lo dejo. Después que los soldados crucificaron a Jesús, recogieron su ropa y la repartieron en cuatro partes, una para cada soldado. Tomaron también la túnica, pero como era sin costura, tejida de arriba abajo de una sola pieza, los soldados se dijeron unos a otros: No la rompamos, sino echémosla a suertes, a ver a quién le toca. Así se cumplió la Escritura que dice: «Se repartieron entre sí mi ropa, y echaron a suertes mi túnica.» Esto fue lo que hicieron los soldados. Junto a la cruz de Jesús estaban su madre, y la hermana de su madre, María, esposa de Cleofás, y María Magdalena. Cuando Jesús vio a su madre, y junto a ella al discípulo a quien él quería mucho, dijo a su madre: Mujer, ahí tienes a tu hijo. Luego le dijo al discípulo: Ahí tienes a tu madre. Desde entonces, ese discípulo la recibió en su casa. Después de esto, como Jesús sabía que ya todo se había cumplido, y para que se cumpliera la Escritura, dijo: Tengo sed. Había allí un jarro lleno de vino agrio. Empaparon una esponja en el vino, la ataron a una rama de hisopo y se la acercaron a la boca. Jesús bebió el vino agrio, y dijo: Todo está cumplido. Luego inclinó la cabeza y entregó el espíritu.” Juan 19,17-30

Viernes Santo es el día donde uno puede aseverar que hubo un antes y un después. Viernes Santo es el día donde como cristianos y cristianas debemos reflexionar acerca de nuestra fe, sobre qué es lo que creemos y dejamos de creer, puesta nuestra mirada en una cruz. Pero por lo contrario que pasa habitualmente, esa cruz no es una cruz vacía. En este día esa cruz carga el peso de un hombre. Dos maderos cruzados donde cuelga el cuerpo de alguien que supo transitar el camino de la vida hablándonos de la vida. Hablándonos del misterio del amor de Dios, de la comunión en ese amor. Hablándonos del perdón que en ese amor y en esa comunión en Dios podemos encontrar. Uno puede ponerse a pensar que pecado hubo en este que hoy es colgado en esa cruz, y, podemos contestar sin temor a equivocarnos: ni uno solo. Por el contrario, el carga con el pecado de todos y todas. Y este pecado, la suma de cada uno de los pecados que cada uno carga en su vida, es el que doblega la espalda de este que está siendo colgado en la cruz. Y en esa salvación es donde nosotros podemos encontrar la señal de amor, la señal de misericordia, la señal de perdón que es reconciliación con Dios y con nuestro hermano. Por eso la cruz tiene un eje vertical y horizontal. Porque la cruz en Cristo significa precisamente esa reconciliación. Ante todo con el Dios en el cual confesamos creer como dador de vida, pero ante todo también con nuestro hermano, con nuestra hermana, con quien compartimos esa vida. Con quien compartimos ese dolor, esa angustia, ese desamor, y también, porque no, ese pecado. Y que contradictorio es que en esa cruz, repito, donde el hombre, donde el mundo, ve muerte, nosotros debamos ver vida. Y es vida, como es vida el pan partido que es compartido. Como es vida la copa compartida, sangre derramada como señal de amor y comunión, como señal del perdón de Dios a nuestras vidas. Porque es vida. Como fue vida el agua que pidió de beber la mujer junto al pozo de Jacob: tengo sed. Tengo sed dice Jesús. Y este que es agua de vida, que supo entregar esa agua de vida a esta mujer junto al pozo, tuvo sed en el momento más cruento de su vida. Pero claro está, uno puede ver la cruz levantada en lo alto con indiferencia, como vemos tantas cruces a lo largo de nuestras vidas cada vez que acompañamos una sepultura. O uno puede ver realmente por fe esa cruz como señal de amor y de perdón. Porque de eso al fin y al cabo se trata todo el misterio del Viernes Santo: la conjunción del significado de lo que es el Evangelio de Jesús como buena noticia al mundo y buena noticia para cada uno y cada una. Somos pecadores, pues bien, ¿reconocemos nuestro pecado? Si reconocemos nuestro pecado, nos reconocemos faltos de amor en nuestra relación con Dios y con nuestro prójimo. Si reconocemos nuestro pecado, podemos reconocer nuestra sed y nuestra necesidad de que esa sed sea saciada. ¿Y quién es el manantial de vida que sacia nuestra sed? Este Jesús, en esa cruz. Entonces si reconocemos nuestro pecado y sabemos que es este Jesús quien puede limpiar nuestras vidas, restituirlas y restaurarnos nuevamente, ¿qué es lo que debemos hacer? Igual que la mujer junto al pozo de Jacob: pedir que ese manantial sea derramado en nuestras vidas. No basta con reconocer que hemos pecado. No basta con reconocer que hemos roto nuestra relación con Dios y con nuestro hermano, nuestra hermana. Una vez hecho esto tenemos que dar ese otro paso, mirar la cruz; como el pueblo en el desierto miro la serpiente levantada en lo alto, para que, el que la vea, sea salvo. ¿Reconocemos nuestro pecado?, entonces elevemos la mirada hacia esa cruz de donde emana el perdón, el amor de Dios. Pero no termina ahí tampoco todo, porque esa cruz no es solo señal de amor y de perdón sino señal de muerte que, vaya paradoja, da paso a la vida. Porque uno debe morir a tantas cosas en esta vida. Uno debe morir a su orgullo, a su soberbia, cierto es a su propio pecado, a su propia maledicencia, a todo aquello que nos separa de Dios, de la comunión con nuestros hermanos y hermanas. Uno debe morir y dejar todo eso detrás para poder vivir junto a Cristo en esa cruz. Para que realmente esa cruz tenga sentido en nuestras vidas como señal de vida, valga la redundancia. ¿Estamos dispuestos a morir a todas esas zonas oscuras que cada uno tiene en su corazón y en su vida? Pues si estamos dispuestos a morir, entonces la invitación de este Viernes Santo es volver la mirada hacia esa cruz para allí, en ese Cristo, en ese hombre allí colgado poder recibir la sanidad que toda vida necesita. Queridos hermanos y queridas hermanas, Viernes Santo es el día donde se pone en juego con toda la profundidad y toda la hondura, que uno puede poner en juego las cosas en su vida, nuestra fe en Dios. ¿Somos hombres y mujeres de fe? ¿Somos hombres y mujeres que depositamos nuestra fe y nuestra confianza en Dios? ¿Somos hombre y mujeres que creemos en el amor y el perdón de Dios? ¿Somos hombres y mujeres pecadores, al fin y al cabo, necesitados de ese perdón y ese amor? Entonces la invitación es volver la mirada hacia la cruz. Allí en lo alto pende un cuerpo. Un cuerpo que es partido, que es quebrado. Un cuerpo que se ofrece generosamente. Sangre derramada para limpiar nuestras faltas, para limpiar nuestras vidas. Que Dios nos bendiga para que cada uno de nosotros y de nosotras podamos dar ese paso hacia la cruz. No por nada la cruz ofrece los brazos abiertos de aquel que supo abrazarnos generosamente tanto tiempo. Amén.   

Jueves Santo

“Era antes de la fiesta de la Pascua, y Jesús sabía que había llegado la hora de que él dejara este mundo para ir a reunirse con el Padre. Él siempre había amado a los suyos que estaban en el mundo, y así los amó hasta el fin. El diablo ya había metido en el corazón de Judas, hijo de Simón Iscariote, la idea de traicionar a Jesús. Jesús sabía que había venido de Dios, que iba a volver a Dios y que el Padre le había dado toda autoridad; así que, mientras estaban cenando, se levantó de la mesa, se quitó la capa y se ató una toalla a la cintura. Luego echó agua en una palangana y se puso a lavar los pies de los discípulos y a secárselos con la toalla que llevaba a la cintura. Cuando iba a lavarle los pies a Simón Pedro, éste le dijo: Señor, ¿tú me vas a lavar los pies a mí? Jesús le contestó: Ahora no entiendes lo que estoy haciendo, pero después lo entenderás. Pedro le dijo: ¡Jamás permitiré que me laves los pies! Respondió Jesús: Si no te los lavo, no podrás ser de los míos. Simón Pedro le dijo: ¡Entonces, Señor, no me laves solamente los pies, sino también las manos y la cabeza! Pero Jesús le contestó: El que está recién bañado no necesita lavarse más que los pies, porque está todo limpio. Y ustedes están limpios, aunque no todos. Dijo: «No están limpios todos», porque sabía quién lo iba a traicionar. Después de lavarles los pies, Jesús volvió a ponerse la capa, se sentó otra vez a la mesa y les dijo: ¿Entienden ustedes lo que les he hecho? Ustedes me llaman Maestro y Señor, y tienen razón, porque lo soy. Pues si yo, el Maestro y Señor, les he lavado a ustedes los pies, también ustedes deben lavarse los pies unos a otros. Yo les he dado un ejemplo, para que ustedes hagan lo mismo que yo les he hecho. Les aseguro que ningún servidor es más que su señor, y que ningún enviado es más que el que lo envía. Si entienden estas cosas y las ponen en práctica, serán dichosos.” Juan 13,1-17

Hoy celebramos Jueves Santo. Dios viene una vez más a renovar el pacto con nosotros como comunidad, y, con cada uno, con cada una. Un pacto que Dios ofrece a su pueblo santo sin fijarse en la condición de este pueblo. Si alguno de nosotros o de nosotras piensa que para participar de esta celebración, o de una comunidad de fe, o ser parte del pueblo santo, debe ser perfecto estamos en un problema serio. Precisamente porque no soy perfecto puedo decir que soy cristiano, y dejo que Cristo, mi Señor, nuestro Señor, vaya obrando la gracia de Dios transformándome, renovando y restaurando mi vida. No hay ningún mérito en nosotros ni en nosotras, para ser perfectos, para ser salvos, para quedar fuera y libre del pecado. Por el contrario, lo que celebramos en Semana Santa y especialmente el Viernes Santo, es que en esa cruz donde nosotros encontramos salvación que es amor y perdón. Y que es ese Cristo quien muere en esa cruz el que nos da ese amor y ese perdón. El Evangelio de Juan es el único de los cuatro Evangelios que no trae como testimonio la última cena de Jesús con sus discípulos,  sino que trae como testimonio el lavado de los pies que Jesús brinda a sus discípulos. Porque es significativo este pan partido y compartido, esta compartida, sangre derramada, es Jesús mismo que se entrega desde la cruz para darnos sanidad, para restaurar nuestras vidas, y, como servicio del amor de Dios a la humanidad. Este que se entrega en la cruz, es aquel cordero sobre el cual desciende el cuchillo cuya sangre limpiara todo nuestro pecado y toda nuestra maldad. Pero no es cualquier cordero. No solo es cordero que se entrega sino que se entrega por un motivo, y el motivo no solo tiene que ver con el compartir si no con el servir. El que sea el primero debe servir a los demás. Ciertamente cuando cualquiera de nosotros participa de una cena o  de una comida, intentamos quizás inconscientemente buscar sentarnos en los mejores lugares. Pero quien te dice que el Evangelio no nos invita a quedarnos de pie para el servicio. Y no se está hablando solamente del servicio en una comida, o de un lavado de los pies, si no del servicio comprometido de uno que como testimonio de su fe en Cristo brinda al necesitado, brinda al mundo, así nomás. Y Jesús se inclina a lavar los pies de sus discípulos. Imaginemos estos pies, no muy diferentes a los nuestros. La única diferencia que cabría es que los nuestros están sujetos, apresados, en un calzado; pero también nuestros pies son pies cansados. Cansados quizás si hemos andado y transitado todo el día y tenemos unas medias puestas sean pies sudorosos y olorosos como eran los pies de los discípulos. Luego de haber transitado todo el día por los caminos de la Palestina, me imagino yo esos pies no solo habrán tenido un poco de arena o de tierra o de mugre sino también las cicatrices lógicas de las pisadas. Como tienen nuestros pies y tienen nuestras vidas. También nuestras vidas cargan con las cicatrices que día tras día la vida va poniendo en nuestros cuerpos como señales, señales de ausencia de amor, señales de dolencia, señales de incomprensión, de maldad, de pecado, de muerte. Jesús, el maestro, se inclina a lavar los pies, y el gesto no termina ahí sino que el gesto también es una invitación para que a partir de ahora los discípulos puedan ir por los caminos de Palestina en el mismo compromiso, en el mismo servicio, en el mismo testimonio. Y la invitación del Evangelio de esta noche es clara: si hemos recibido la sanidad de Cristo en nuestras vidas, si Cristo ha limpiado nuestras vidas, no solo nuestros pies, entonces ahora, en señal de amor, en señal de comunión, pan compartido, copa derramada, ahora debemos ir al mundo en el servicio humilde y fraterno de aquel que sin mirar a quien hace el bien. Esa es la invitación del Evangelio en esta noche para este Jueves Santo, para estas Pascuas, para nuestras vidas. El poder compartir el pan, es detenerse en el camino, sentarse junto al hermano a la hermana, a compartir la vida misma. El sentir la copa, vino derramado, sangre derramada sobre mi cuerpo, es rememorar la sangre de este cordero que, de una vez y para siempre, haya en el Gólgota ha sido derramada por mí. El poder inclinarse ante la necesidad de nuestros hermanos y nuestras hermanas, cualquiera fuese esta necesidad, es señal de testimonio y compromiso. Insisto, hacer el bien sin mirar a quien. Poder atreverse a arremangarse y desandar el camino en la necesidad de nuestros hermanos y nuestras hermanas, comprometiéndonos, en esas necesidades, con esta fe que profesamos en este Jesús, Señor, Cristo, dador de vida. Por eso al momento de compartir la cena es bueno pensar en esto, es bueno pensar que no solo estoy recibiendo ese cuerpo de Cristo que es entregado por mí sino que también yo me convierto en un cuerpo a ser entregado por mi hermano. Es bueno pensar que no solo recibo ese vino derramado, sangre que limpia mi pecado, sino que también yo soy capaz de derramar mi sangre, aunque más no sea mi sudor, o mis lágrimas, ante las necesidades de mi hermano. Y es bueno volver  al mundo con la consigna, a partir de mañana, de poder atrevernos también nosotros a postrarnos e inclinarnos a limpiar los pies cansados y mugrientos de aquel hermano en su necesidad, cualquiera fuese esta. Que Dios nos bendiga para que en el servicio fraterno de cada día podamos dar testimonio de nuestra fe. Testimonio que creemos que Dios en Cristo se hace presente en nuestras vidas, que ese Cristo levantado en la cruz es señal de vida plena, de restauración de toda herida, que me permite a mí, a su vez, poder brindarme en el amor en el servicio fraterno hacia mi hermano o mi hermana. Cristo es mi Señor, pues bien, hagamos de nosotros un Cristo para el hermano que sufre, ahí, en medio de la necesidad de la vida, en este mundo, cada día. Amén. 

jueves, 25 de marzo de 2021

Domingo de Ramos

“Cuando ya estaban cerca de Jerusalén, al aproximarse a los pueblos de Betfagé y Betania, en el Monte de los Olivos, Jesús envió a dos de sus discípulos, diciéndoles: Vayan a la aldea que está enfrente, y al entrar en ella encontrarán un burro atado, que nadie ha montado todavía. Desátenlo y tráiganlo. Y si alguien les pregunta por qué lo hacen, díganle que el Señor lo necesita y que en seguida lo devolverá. Fueron, pues, y encontraron el burro atado en la calle, junto a una puerta, y lo desataron. Algunos que estaban allí les preguntaron: ¿Qué hacen ustedes? ¿Por qué desatan el burro? Ellos contestaron lo que Jesús les había dicho; y los dejaron ir. Pusieron entonces sus capas sobre el burro, y se lo llevaron a Jesús. Y Jesús montó. Muchos tendían sus capas por el camino, y otros tendían ramas que habían cortado en el campo. Y tanto los que iban delante como los que iban detrás, gritaban: ¡Hosana! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor! ¡Bendito el reino que viene, el reino de nuestro padre David! ¡Hosana en las alturas! Entró Jesús en Jerusalén y se dirigió al templo. Miró por todas partes y luego se fue a Betania con los doce discípulos, porque ya era tarde.” Marcos 11,1-11


Hoy celebramos domingo de Ramos. Con este domingo, con esta celebración, damos inicio a Semana Santa. Semana en la cual Jesús, el Hijo de Dios, el Cristo, Señor y Salvador, el Mesías esperado, ha de cumplimentar su obra. Donde dentro de los planes de Dios para con la humanidad toda, Él entregará su vida por esa humanidad. Para restaurarla, para revivificarla, para darle sanidad. Hoy, en este día, de acuerdo a la lectura del Evangelio que acabamos de compartir, recordamos la entrada triunfal de Jesús a Jerusalén. Entrada que significa el anticipo de este acontecimiento que hoy comenzamos a vivir. Semana Santa, tiene el significado y el propósito más profundo y fecundo del amor y la misericordia de Dios manifestada en Cristo Jesús a favor nuestro. Jesús entra a Jerusalén siendo victoreado, aclamado, con palmas, con gozo, con alegría. Jesús entra en Jerusalén como lo que es: el Hijo de Dios. La promesa hecha hace tiempo atrás por los profetas se cumple en Él. Pero la entrada de Jesús a Jerusalén no es quizás como la multitud, que si bien lo aclama y lo recibe, no es como esa multitud lo hubiera esperado. Porque en la mentalidad del pueblo de Israel, como también muchas veces en nuestra propia mentalidad, y en la intimidad de nuestros corazones, estaba presente la imagen, la figura, de un Mesías victorioso. De un Hijo de Dios que iba a irrumpir en el mundo con fuerza y con poder. Jesús irrumpe en el mundo con la fuerza del amor y con el poder que es poder de victoria de la resurrección sobre la muerte. Sin embargo cuando es recibido y es aclamado, otra imagen tienen, en el pensamiento y en las retinas, aquellos que lo reciben. La imagen de un rey todopoderoso que iba a venir con un gran ejercito a irrumpir en la realidad de su pesar y sufrimiento para derribar el poder que los dominaba y los oprimía. Sin embargo este Jesús entra de manera humilde, casi desapercibida sino fuera por la multitud que lo recibe y el jolgorio que acontece en ese recibimiento. Nada más opuesto a la idea de un Mesías todopoderoso, victorioso. De hecho tiene poder y de hecho será posible la victoria. Pero no la victoria ni el poder que el mundo espera, o, al menos, al cual el mundo está acostumbrado. Porque no es con las armas, ni con guerreros, ni con un brazo armado, que Jesús va a derribar las barreras del odio, de la opresión, del pecado y  de la muerte sino con su amor, con su empatía para con el otro, para con la otra, para con aquel que sufre. Su compromiso y su testimonio a favor del reino de su Padre celestial, un reino que precisamente es misericordia y es amor. El poder de Jesús está fundado allí en ese amor de Dios que es manifestado en su vida. El poder, la victoria de Jesús estará fundada en esa cruz en la cual será colgado y martirizado, pero que no podrá retener su cuerpo. El relato nos habla del recibimiento, de la alegría y el gozo de la multitud que lo aclama, a este que viene queriendo gobernar sus vidas, pero gobernarlas con ternura, gobernarlas con misericordia, con amor. Quizás esta misma multitud, o parte de ella al menos, sean los que luego en el juicio, o en el simulacro de juicio, levantarán su voz: ¡crucifícale!, ¡crucifícale! Jesús entra a Jerusalén, en el cumplimiento de aquello que estaba prometido en las Escrituras. Entra humildemente, como humilde vivió su vida. Entra ofrendando generosamente su vida a favor de aquel que quiera recibirle en su corazón, de aquel que quiera poseerlo como Señor y Salvador. Bendito el rey que viene en nombre del Señor. Bendito el rey que viene con palabras cargadas de esperanza, con palabras cargadas de sabiduría. Bendito este rey de la caricia, del abrazo generoso, de la palabra fraterna, de la voz que proclama a los cuatro vientos: aquel que cree en mí tendrá vida eterna. Amén. 

jueves, 18 de marzo de 2021

5to Domingo de Cuaresma

“Entre la gente que había ido a Jerusalén a adorar durante la fiesta, había algunos griegos. Éstos se acercaron a Felipe, que era de Betsaida, un pueblo de Galilea, y le rogaron: Señor, queremos ver a Jesús. Felipe fue y se lo dijo a Andrés, y los dos fueron a contárselo a Jesús. Jesús les dijo entonces: Ha llegado la hora en que el Hijo del hombre va a ser glorificado. Les aseguro que si el grano de trigo al caer en tierra no muere, queda él solo; pero si muere, da abundante cosecha. El que ama su vida, la perderá; pero el que desprecia su vida en este mundo, la conservará para la vida eterna. Si alguno quiere servirme, que me siga; y donde yo esté, allí estará también el que me sirva. Si alguno me sirve, mi Padre lo honrará. ¡Siento en este momento una angustia terrible! ¿Y qué voy a decir? ¿Diré: Padre, líbrame de esta angustia? ¡Pero precisamente para esto he venido! Padre, glorifica tu nombre. Entonces se oyó una voz del cielo, que decía: Ya lo he glorificado, y lo voy a glorificar otra vez. La gente que estaba allí escuchando, decía que había sido un trueno; pero algunos afirmaban: Un ángel le ha hablado. Jesús les dijo: No fue por mí por quien se oyó esta voz, sino por ustedes. Éste es el momento en que el mundo va a ser juzgado, y ahora será expulsado el que manda en este mundo. Pero cuando yo sea levantado de la tierra, atraeré a todos a mí mismo. Con esto daba a entender de qué forma había de morir.” Juan 12,20-33

Quien vive y trabaja la tierra, ya sea como agricultor o teniendo una huerta o un jardín en su hogar, sabe que la tierra hay que prepararla, darle, entregarle, algún abono natural, estar pendiente de la lluvia y de la cantidad de la misma, pero que lo esencial para obtener el logro que uno persigue, o, el objetivo que uno persigue, es contar con una buena semilla. Y esa semilla, una vez que la tierra ha sido arada, preparada, para recibirla, debe ser sepultada, enterrada, para que pueda dar ese fruto tan ansiado y tan esperado. Y cuando la semilla es puesta en tierra, sabe íntimamente en su corazón que debe morir, debe partirse, para poder dar paso a la vida, a la vida que está contenida en sí misma. El relato que acabamos de compartir del Evangelio de Juan, nos habla de esa semilla que es el cuerpo de Jesús, el Cristo, que debe ser entregado a tierra, debe ser sepultado, debe sufrir, debe ser partido, para dar paso a la plenitud de vida, vida eterna, que está contenida en su interior. Pero este dolor, este ser enterrado, sepultado, este ser partido, causa angustia, causa sufrimiento, que es lo que experimenta Jesús. Jesús, por un momento, por un instante preciso, experimenta en sí esa angustia, ese dolor, esa fragilidad, que es fragilidad de todo hombre, de toda mujer. Si hay algo más cercano en la idea, en la imagen, de este Jesús hecho carne, es, junto con su concepción, nacimiento, es este próximo a su muerte. Sabe cuál es su plan, su cometido, sabe hacia dónde lo ha de conducir este camino que ha emprendido en su ministerio hace ya tres años atrás. Pero lo conmueve, este sentir, este pensar, esa experiencia del dolor que ha de venir. Se sabe semilla, y semilla fecunda por cierto, pero siente la inquietud, la duda fugaz, la fragilidad certera, de saberse partido para poder dar precisamente esa vida que anida dentro de él. Y ya se va acercando el momento. Ya estamos terminando este tiempo de Cuaresma donde hemos ido desandando el camino hacia ese misterio. Donde nos ha acompañado la meditación, la oración, donde de alguna manera junto con Jesús, nuestro Maestro, nos hemos ido preparando para lo que ha de venir. Y próximo ya ha cumplirse aquello para lo cual hemos desandado esta Cuaresma, Jesús se siente como semilla que ha de ser puesta en tierra conmovido, frágil, y clama en su angustia, expresa su dolor. Pero esta fragilidad, esta angustia, esta expresión de dolor, de soledad, de inquietud, es puesta en las manos de Aquel que tiene todo el poder. Jesús a pesar de este momento de duda y debilidad, se ofrenda en tierra, como buena semilla que es, disponiendo su vida adonde pertenece: a las manos cargadas de ternura, amorosas, misericordiosas y fieles de Dios, de su Padre, de nuestro Padre. Logra dar ese paso, aún en medio de la duda y la inquietud, aún en medio de la más profunda angustia, sabe confiarse, se entrega, porque reconoce que su vida terminará de tener sentido cumpliendo aquello para lo que ha venido. Y, sabe también que puede confiarse en esas manos de su Padre que afirmaran sus pasos camino a la cruz, que los sostendrán como nos sostiene a cada una y cada uno en el momento más difícil. Jesús, simiente del Hombre nuevo, ha de ser sepultado en tierra para vencer la enfermedad y la muerte, para dar paso a la vida y vida plena. Que este sea nuestro sentir: abrirnos a la experiencia de recibir en nuestras vidas a este Cristo que se abrió a la experiencia de la muerte confiado en el poder de Dios que es poder de vida, ahora y siempre. 

viernes, 12 de marzo de 2021

4to Domingo de Cuaresma

“Y así como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así también el Hijo del hombre tiene que ser levantado, para que todo el que cree en él tenga vida eterna. Pues Dios amó tanto al mundo, que dio a su Hijo único, para que todo aquel que cree en él no muera, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para salvarlo por medio de él. El que cree en el Hijo de Dios, no está condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado por no creer en el Hijo único de Dios. Los que no creen, ya han sido condenados, pues, como hacían cosas malas, cuando la luz vino al mundo prefirieron la oscuridad a la luz. Todos los que hacen lo malo odian la luz, y no se acercan a ella para que no se descubra lo que están haciendo. Pero los que viven de acuerdo con la verdad, se acercan a la luz para que se vea que todo lo hacen de acuerdo con la voluntad de Dios.” Juan 3,14-21

Seguimos transitando el tiempo de Cuaresma. Un tiempo de reflexión, un tiempo donde caminar por el desierto de nuestras vidas debiera significar un aceptar la invitación del Evangelio de volvernos hacia Dios; de centrar nuestra mirada en Aquel del cual venimos, hacia el cual vamos, en Aquel que nos ha amado y nos ama desde el vientre materno, desde nuestros primeros pasos, desde nuestro primer pensamiento, nuestra primer palabra emitida. Porque Dios nos ama y tiene misericordia de cada uno, de cada una, es que ve nuestra situación de pecado, ve en que nos hemos convertido. Observa, mira con detenimiento nuestras vidas. Y ve vidas vacías, ve vidas sin compromiso, ve vidas donde la solidaridad está ausente, donde ese amor que Dios nos tiene no está presente en nuestras relaciones. La maldad abunda en el mundo y se ha hecho carne en nuestras vidas. Y este pecado que significa no solo romper esa íntima relación que teníamos con nuestro Padre celestial si no también romper la relación con nuestra hermana, nuestro hermano, más aún, con nosotros mismos, nos lleva a tener actitudes y prácticas alejadas a la voluntad y a los planes de Dios. Si hemos sido concebidos y creados por amor, uno entiende, o debería entender al menos, que ese amor debiera convertirse en nuestro Norte cada día de nuestras vidas. Que el amor que Dios nos tiene en Cristo Jesús, debiera bastar para que nuestras actitudes de cada día para con el otro, para con la otra, estén fundadas en este amor. Pero Dios conoce nuestra situación, porque nos conoce en nuestra intimidad más profunda. Y es por este motivo que aquello que había prometido a su pueblo en la antigüedad lo cumple ahora, se hace presente en medio de nuestra realidad de maldad, de enfermedad, de pecado y de muerte, en Jesús. Y se hace presente precisamente porque nos ama. Y nos ama con un amor tan inmenso, tan generoso, que ofrece la vida de su Hijo, por amor. Esto es lo que encontramos relatado en el Evangelio de Juan que hemos leído hoy. Aquella serpiente que fue levantada en lo alto en medio del árido desierto para que todo aquel que levantase la mirada y la observase fuese salvo, recuperase la sanidad, es este Jesús que por amor será levantado en la cruz para que todo aquel que este dolido, que este apesumbrado, que esté angustiado, que necesite la sanidad en su vida, en su cuerpo enfermo, en su alma dolorida, pueda levantar su mirada hacia la cruz y recibir la sanidad, recibir sobre sí todo el amor que Dios en Jesús, el crucificado, nos ofrece. Y nos ofrece gratuitamente. A lo sumo el único esfuerzo que debiéramos hacer, es detener nuestra marcha en este vértigo cotidiano que estamos inmersos, mirarnos, ver nuestra situación de pecado y de enfermedad, desear la sanidad, levantar la mirada, ver a Jesús y animarnos en esa mirada a abrir nuestras vidas y nuestros corazones para recibirle, para aceptarle como el Señor y Salvador de nuestras vidas. El acontecimiento de la cruz de Cristo, el acontecimiento que Dios obra a nuestro favor en esa cruz, tiene como motivo, como motivo principal, fundamental, este amor de Dios, ese amor que desde el comienzo mismo de la humanidad, de los tiempos mismos del mundo todo, ha estado presente. Porque Dios nos ama, porque Dios tiene misericordia de cada uno y de cada una, es que levanta en lo alto el cuerpo de su Hijo enclavado en esa cruz para que mirando observando, volviéndonos hacia esa cruz, podamos recibir vida y vida plena, vida en abundancia. Próximos a Semana Santa, la invitación del Evangelio en esta mañana, es que podamos reflexionar, pensar y meditar, acerca del amor que Dios en su misericordia tiene para con nosotras y nosotros. Hagamos este ejercicio, animémonos a levantar nuestra voz y clamar: Porque Dios me ama es que me ofrece la vida en la vida de su propio Hijo. Que podamos experimentar esta Gracia, nos solo en este tiempo si no en todo tiempo y en todo lugar. Que así sea. Amén. 

jueves, 4 de marzo de 2021

3er Domingo de Cuaresma

“Como ya se acercaba la fiesta de la Pascua de los judíos, Jesús fue a Jerusalén. Y encontró en el templo a los vendedores de novillos, ovejas y palomas, y a los que estaban sentados en los puestos donde se le cambiaba el dinero a la gente. Al verlo, Jesús tomó unas cuerdas, se hizo un látigo y los echó a todos del templo, junto con sus ovejas y sus novillos. A los que cambiaban dinero les arrojó las monedas al suelo y les volcó las mesas. A los vendedores de palomas les dijo: ¡Saquen esto de aquí! ¡No hagan un mercado de la casa de mi Padre! Entonces sus discípulos se acordaron de la Escritura que dice: Me consumirá el celo por tu casa. Los judíos le preguntaron: ¿Qué prueba nos das de tu autoridad para hacer esto? Jesús les contestó: Destruyan este templo, y en tres días volveré a levantarlo. Los judíos le dijeron: Cuarenta y seis años se ha trabajado en la construcción de este templo, ¿y tú en tres días lo vas a levantar? Pero el templo al que Jesús se refería era su propio cuerpo. Por eso, cuando resucitó, sus discípulos se acordaron de esto que había dicho, y creyeron en la Escritura y en las palabras de Jesús.” Juan 2,13-22

Seguimos transitando este tiempo de Cuaresma. Un tiempo de recogimiento, de oración. Un tiempo de preparación, de estar atentos y atentas a la Palabra de Dios y a los acontecimientos que nos van a ir conduciendo lentamente hacia Semana Santa. El texto evangélico que acabamos de compartir es sumamente conocido por cierto. Y no solo remite o se refiere a la limpieza, a la purificación del templo de Jerusalén, sino que también hace una especie de juego de palabras entre el templo de Jerusalén y el templo que es el cuerpo de Jesús, el Cristo, que ha de ser derribado pero será levantado al tercer día. También de alguna manera el texto debemos leerlo a la luz de nuestra propia limpieza, nuestra propia purificación interior, que debiéramos tener no solo en tiempos de Cuaresma sino también cada día de nuestras vidas para gozarnos de la presencia del Resucitado y para vivir acorde a la voluntad de nuestro Padre celestial. En el texto del Evangelio podemos encontrar dos, tres imágenes. La primera es esa imagen de enojo de Jesús al ver, al observar, en que han convertido la casa de Dios. La han convertido en un lugar donde se comercia, donde se negocia, donde ya no están presentes los intereses del Reino sino que se hacen presentes los intereses y los negocios del mundo para precisamente comerciar allí en eso que debiera ser una casa de oración, una casa de alabanza, de adoración. Por eso su enojo y por eso su actitud de echar fuera todo aquello que jamás debió entrar a ese lugar. El segundo momento tiene que ver con la confrontación si se quiere de aquellos que viene a cuestionar la actitud de Jesús obviamente en defensa de sus intereses. Intereses mezquinos por cierto. Y lo confrontan acerca de la autoridad con que Jesús ha obrado. En esta segunda parte del relato claramente se manifiesta que no reconocen a Jesús como el Mesías, como el Hijo de Dios, como quien tendría autoridad suficiente no solo para limpiar ese templo si no para purificar todo templo, toda vida. Y la tercer parte del relato tiene íntima relación con el anuncio, con la profecía, que Jesús hace de sí mismo, de aquello que va a ocurrir con él. Que va a ser derribado, en clara alusión a su muerte y crucifixión, pero que ha de ser levantado al tercer día en el cumplimiento de la promesa, de la profecía dada, compartida, al pueblo de Israel. Ahora bien, que querrá decirnos el relato a nosotras y nosotros hombres y mujeres de este tiempo. Creo que en primer lugar debiéramos cuestionarnos si en el afán de obtener recursos para continuar la obra encomendada, para continuar nuestra proclamación a favor del Reino de Dios, y, nuestro testimonio a favor del Evangelio de Jesús, no caemos muchas veces en el pensamiento y en la dinámica del mundo que nos rodea, de negociar, de comerciar, con todo aquello que uno pueda negociar y comerciar puertas a dentro de nuestros templos, de nuestras casas de oración. Quizás debiéramos preguntarnos cuál es la mejor forma de obtener los recursos necesarios, suficientes, para nuestro cometido. Lo segundo es preguntarnos si en nuestras vidas de fe a veces, al igual que aquellos que confrontaron a Jesús ante este acontecimiento, si nosotras, nosotros, no cuestionamos también, inconscientemente al menos, la autoridad de Jesús. Decimos creer en él como Señor y Salvador de nuestras vidas, pero a veces la exigencia, el compromiso, la invitación, es tan mayúscula que nos supera. Y en este superarnos, en lo íntimo de nuestros corazones nos preguntamos: ¿con qué autoridad? ¿Con qué derecho nos exiges o nos pides esto, Señor? ¿Es en verdad el Señor y Salvador de nuestras vidas? Y lo tercero tiene que ver con algo tan íntimo en nosotras y en nosotros como debiera ser la limpieza, la purificación que debemos hacer en nuestros cuerpos y en nuestros corazones de todo aquello que nos aleja precisamente del seguimiento y el compromiso a favor del Reino, que nos aleja del testimonio que hemos de dar al mundo, y,  que hace de cada uno  y cada una, templos que dejan de ser templos vivos para convertirse en desecho o en aquello que Dios no quiere ni espera de aquel que dice ser su hijo. El apóstol Pablo nos recuerda en una de sus cartas que templos vivos del Dios vivo manifestado en Cristo somos, pues bien, este tiempo de Cuaresma camino a Semana Santa debiera ser un tiempo donde podamos pensar y reflexionar ¿cuáles son aquellas cosas, actitudes, que debiéramos cambiar en nuestras vidas? O, mejor dicho, que debiéramos dejar que Dios en Cristo transforme en nuestras vidas. Que Dios nos bendiga para que en este caminar por el desierto rumbo al Getsemaní  podamos reflexionar sobre nuestras vidas de fe, sobre nuestro compromiso, nuestro testimonio, sobre quien es en verdad Cristo para nuestras vidas. Amén.