domingo, 15 de marzo de 2020
sábado, 14 de marzo de 2020
Tercer domingo de Cuaresma
“Porque el agua que yo le daré se convertirá en él en manantial de agua
que brotará dándole vida eterna.” Juan 4,14
Es mediodía en el desierto. La hora del sol abrasador. La hora de la sed. Vamos camino a la fuente con el peso de nuestros cántaros, pero también, con el de nuestras cargas y preocupaciones. Junto al brocal del pozo hallamos un peregrino, cansado del viaje, sediento. Nos mira como nadie antes nos mirase. Nos dice que puede satisfacer nuestra sed de una vez y para siempre. Que él puede darnos el agua viva que brota a borbotones del manantial eterno. Agua, sí; pero agua fresca, agua que vivifica y sacia. El peregrino, en quien reconocemos a Jesús, nos habla. Nos dice: Ya no el odio y el orgullo, ya no el desamor. Yo con mi fuente de agua limpio todo lo sucio en tu vida. Entonces, pronuncia su nombre: Yo soy. Se revela por completo. Finalmente, terminamos por comprender: Que sí hay alguien capaz de satisfacer nuestra hambre y nuestra sed. Que sí hay alguien que viene a nuestro encuentro para tomarnos tal cual somos. Que sí hay uno que es capaz de cambiar nuestras vidas. Que así como hubo quienes fueron los primeros frutos de la cosecha, lo somos todos quienes sentados a los pies de Jesús nos dejamos mojar por el agua viva. Vayamos todos con nuestros pesos encaminados nuestros pies a los pies de Jesús. En medio del calor abrasador, en el desierto de nuestras vidas, apaguemos el fuego de nuestra sed con el fuego eterno. Vayamos a decirle: Quédate un par de días con nosotros. Quédate en estas cuaresmas con nosotros. Quédate, Señor.
domingo, 8 de marzo de 2020
viernes, 6 de marzo de 2020
Segundo domingo de Cuaresma
“Jesús le dijo: Te aseguro que el que no nace de nuevo, no puede ver el reino de Dios.” Juan 3,3
Nacer de nuevo, ¡quien no quisiera! Ver el reino, ¡quien pudiera! Tan fácil y, al mismo tiempo, tan difícil. Fácil, porque el don de vida que nos hace Dios en Jesucristo está ahí nomas, al alcance de la mano. Difícil, porque nos negamos a abrirnos al amor de Dios que es lo que permite el cambio. Leemos en Juan 3,16: Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna. Por eso es importante responder a ese amor de Dios, a esa aceptación, buscando en nuestra vida y en este nuestro mundo realizar la voluntad de Dios. Voluntad expresada claramente en los Mandamientos y en la máxima del Evangelio de Marcos: Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas. Ama a tu prójimo como a ti mismo. Si hemos recibido la salvación y la vida eterna en Jesucristo, debemos entonces abrirnos al reino permitiéndonos nacer de nuevo. Naciendo en acciones concretas, acciones de amor y cariño, descubriendo que no hay mayor felicidad que sentirse útil haciendo feliz a otro, u otra, donde se nos presenta Jesús como anticipo del reino. No podemos experimentar a Dios en nuestras vidas sin que haya consecuencias visibles y concretas en nuestra relación con el prójimo, así como, no hay encuentro con Cristo en el prójimo sin que haya un cambio sincero y profundo en la totalidad de nuestra vida.
domingo, 1 de marzo de 2020
Suscribirse a:
Entradas (Atom)