viernes, 8 de mayo de 2020

Verdadero acto de amor

“Todos deben someterse unos a otros con humildad… Humíllense, pues, bajo la poderosa mano de Dios, para que él los enaltezca a su debido tiempo.” 1 Pedro 5,5-6


“Una calurosa tarde de verano entro en la heladería un niño que tendría alrededor de diez años. Por su apariencia, no daba la impresión de que le sobrara mucho el dinero. Se sentó en una esquina de la barra y le preguntó al heladero cuánto costaba una copa de helado. El heladero le respondió que unos sesenta pesos. El niño se metió la mano en el bolsillo y sacó un montón de billetes de cinco pesos. Los dejó encima del mostrador y comenzó a contarlos. Justo sesenta pesos, lo que necesitaba, pensó el chico. Entonces volvió a preguntar al heladero: ¿Y cuánto cuesta un helado simple? El heladero, que estaba atendiendo a otras personas, comenzó a ponerse molesto e impaciente, pensando que no valía la pena gastar tiempo en ese niño pues poco podría sacar de él. El simple cuesta cuarenta pesos, le respondió con rudeza. Así que el niño volvió a contar su dinero y pidió un helado simple. El heladero le sirvió el helado y le entregó la cuenta. El niño se lo comió con inmenso placer y luego se dirigió a la caja a pagar. Cuando el heladero estaba limpiando el mostrador, de repente se puso a llorar porque vio que en el rincón donde se había sentado el niño había veinte pesos, su propina.” Aceptar la voluntad de Dios, implica el humillarse bajo la poderosa mano de Dios en el servicio diario. Aún en lo aparentemente simple. Entonces, ya no es humillación, sino un verdadero acto de amor.  

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