viernes, 15 de octubre de 2021

Dispuestos a servir

“…el que quiera ser grande entre ustedes, deberá servir a los demás,  y el que entre ustedes quiera ser el primero, deberá ser el esclavo de los demás. Porque ni aun el Hijo del hombre vino para que le sirvan, sino para servir…” Marcos 10,43-45

Escribió el padre jesuita Félix Jiménez: “Había una vez un jefe que era muy orgulloso. Un día se paseaba por la ciudad diciendo: Soy el más grande. No hay otro como yo. Pero una anciana le dijo: Pues yo conozco a uno que es verdaderamente grande. Venga a mi casa. Al entrar el jefe en la casa, vio a la anciana y a un niñito gateando junto a ella. ¿Dónde está ese gran jefe del que me hablaste? La anciana cogió en sus brazos al bebé y le dijo: Éste es el grande del que le hablé. El gran jefe enfadado le gritó a la anciana: ¿Qué es esto? No intentes engañarme. Esto no es más que un bebé. El niño asustado comenzó a llorar. El jefe se conmovió. No quería asustarle. Arrodillado, se quitó las plumas de águila y halcón que llevaba en el pelo y acarició las mejillas del niño. Se quitó sus collares que hicieron de sonajero a los oídos del niño. Poco a poco el niño dejó de llorar y comenzó a escuchar y mirar. La anciana sonriendo le dijo: Se  da  cuenta  que,  incluso  usted,  que  es  el  gran  jefe,  tuvo  que  dejar  de  hablar  y  tuvo  que convertirse  en  su  servidor.  Dios  no  le  hizo  grande  a  usted,  para  que pudiera presumir de su grandeza, sino para que pudiera ayudar a los que no son tan fuertes como usted.”

miércoles, 13 de octubre de 2021

Como las hormigas

“Anda a ver a la hormiga, perezoso; fíjate en lo que hace, y aprende la lección: aunque no tiene quien la mande ni quien le diga lo que ha de hacer, asegura su comida en el verano, la almacena durante la cosecha.” Proverbios 6,6-8

Comparto un poema alusivo al tema de David Jorge Cirigliano: “A muchos molesta ¡es solo una hormiga! Su ejemplo, ¿agrede a los que están arriba? ¡Si ella sólo quiere trabajo y comida!, por eso anda siempre… de noche… de día. Cuando ve que es útil, se hace solidaria con cualquier vecina, le alivia su carga… no espera propina… ¡No especula nunca! …es solo una hormiga. Ella vive expuesta a los pisotones de grandes señores que viven arriba… pero igual persiste, aunque su dolor, ya sea rutina. ¡Ojalá los hombres fuesen como hormigas!, haciendo posible trabajar la tierra sin privar a nadie de hogar y comida, enterrando odios que tanto lastiman, donde se comience cada nuevo día, siendo solidarios. ¡Como un don de vida!” De lo profundo de la tierra surge el brote que será cosecha producto de las manos que han abierto el surco para depositar allí la semilla. Brote que es trigo, maíz, cebada, pan llevado a la mesa, pan que se comparte y alimenta, pan amable. Sudor que recorre el rostro del labriego, dejando surcos, dejando huellas, fecundas huellas. Como sudor recorre el cuerpo de aquel o aquella que trabaja. Sudor que es sangre y lágrima, sudor digno del que con sus manos va levantando puentes y no barreras. Sudor compartido conjugado en vida, como el pan sobre la mesa, como la esperanza presta que hace cierta la noche que dará paso al día. 

viernes, 8 de octubre de 2021

Riquezas en el cielo

“Jesús lo miró con cariño, y le contestó: Una cosa te falta: anda, vende todo lo que tienes y dáselo a los pobres. Así tendrás riqueza en el cielo. Luego ven y sígueme. El hombre se afligió al oír esto; y se fue triste, porque era muy rico. Jesús miró entonces alrededor, y dijo a sus discípulos: ¡Qué difícil va a ser para los ricos entrar en el reino de Dios!” Marcos 10,21-23

“Cierta vez, un contador especializado en el tema de impuestos, conversaba con una persona muy religiosa para determinar cuánto debía pagar al gobierno en concepto de impuestos. ¿Qué bienes posee usted?, preguntó el asesor impositivo. ¡Gracias a Dios, soy muy rico!, respondió el ministro. Hágame entonces una lista de sus posesiones, añadió el contador. Bien, tengo vida eterna; una mansión en el cielo; una paz que sobrepasa todo entendimiento, un gozo profundo; un amor divino que nunca me falla, una familia. Estos son todos mis bienes. Y después que mencionó todas esas posesiones el contador le dijo: Por esos bienes no se pagan impuestos.” El bien por el que debemos luchar día y noche es el reino de Dios, el reino de justicia, de amor y de paz; reino de libertad, en el que la persona humana vale por sí misma y no por lo que tiene.  El problema no es si tenemos mucho o poco sino el lugar que el dinero ocupa en nuestra vida.  Si queremos ser discípulos auténticos, probémoslo con algo concreto.  Si decimos que hemos optado por Jesús y el reino de Dios, renunciemos a algo por esto nuevo que hemos elegido, pues el evangelio sustituye al verbo tener por el verbo compartir. 

miércoles, 6 de octubre de 2021

Amor y misericordia de Dios

“Pero si hacen discriminaciones entre una persona y otra, cometen pecado y son culpables ante la ley de Dios.  Porque si una persona obedece toda la ley, pero falla en un solo mandato, resulta culpable frente a todos los mandatos de la ley.  Pues el mismo Dios que dijo: No cometas adulterio, dijo también: No mates. Así que, si uno no comete adulterio, pero mata, ya ha violado la ley.” Santiago 2,9-11.


“Se dice que en una ocasión el Duque de Wellington se disponía a participar de la Cena del Señor, y se arrodilló. En esos momentos un labriego hizo lo mismo junto al gran personaje. Entonces un diácono, de los encargados de distribuir los elementos de la Cena, se acercó al labriego y le dijo que se alejara del Duque; pero éste al darse cuenta de tal orden, puso uno de sus brazos en un hombro del campesino y le dijo con voz suave: Hermano, permanezca donde está, pues somos iguales en la mesa del Señor.” Si hay algo que caracteriza justamente a nuestra iglesia es que todos y todas, sin importar cuál sea su condición, están especialmente invitados e invitadas a tomar la Santa Cena. El mandato del apóstol es no hacer discriminación alguna, pues todos y todas somos pecadoras y pecadores al incumplir aunque mas no sea un solo mandato recibido. El sabernos pecadores no solo nos pone en igualdad de condiciones frente al hermano, la hermana, sino que también permite ante todo recibir el perdón de Dios como algo que nos viene como consecuencia de su amor y su misericordia. El amor es, debe ser siempre, aquello que nos motive en cada una de nuestras relaciones

miércoles, 29 de septiembre de 2021

Apartarse de todo mal

“Apártense de toda clase de mal.” 1 Tesalonicenses 5,22.


“Se dice que donde se deja entrar el pecado como suplicante, se queda como tirano. Una leyenda árabe dice que cierto molinero un día fue sorprendido por un camello que metió la cabeza por la puerta de la tienda en que estaba durmiendo, y que le dijo: Afuera hace mucho frío, permíteme meter tan sólo las narices. El árabe le dio permiso de hacerlo así; pero pronto había metido todo el cuerpo, lo cual no era muy agradable al molinero, quien comenzó a quejarse diciendo que el cuarto era muy chico para los dos. Entonces el camello respondió: Si tú estás incómodo puedes salirte; yo, por mi parte, voy a quedarme donde estoy. Hay pecados, que a manera de ese camello, sólo quieren un lugarcito en el corazón humano, y cuando se les da, se meten y ocupan todo el corazón, después no quieren salir y dicen: Aquí nos quedamos, suceda lo que suceda; no saldremos para nada.” Por eso la exhortación del apóstol es no dar cabida al pecado en nuestras vidas. Cierto es que esto no es cosa fácil, pues el pecado, la maldad, el egoísmo, el odio, los malos pensamientos y las malas acciones, están allí nomás, bien cerquita nuestro. Evitar el pecado, o en palabras de Pablo, apartarse del mal, debiera ser práctica cotidiana en nuestra vida de fe y testimonio público como cristianos y cristianas. Dejar de lado todo aquello que nos separe de Dios y rompa la relación con nuestros hermanos y nuestras hermanas debiera ser nuestro cometido cada día de nuestras vidas. Y, por encima de todo, el amor como fundamento de nuestras relaciones. 

viernes, 24 de septiembre de 2021

Orar, siempre y en todo lugar

“Oren en todo momento.” 1 Tesalonicenses 5,17

Cierta vez, “una antigua maestra de escuela llegó a estar paralítica, y dijo a Dios: ¿Cómo puedo servirte, Señor, en esta condición en que estoy imposibilitada? Y le pareció que Dios le decía: Todavía puedes orar. Entonces ella pensó que esto era su gran comisión. Desde entonces la antigua maestra de escuela se puso a orar de una manera especial: ocupaba las mañanas orando por la obra misionera que se hace en un lado del globo terráqueo; y las tardes, orando por la obra misionera que se hace en el otro lado.” Orar, siempre y en todo lugar. No hay motivo alguno para dejar de hacerlo. Especialmente aquella oración intercesora, aquella que se hace a favor de otra persona o de una situación determinada, que tan bien hace a la obra y al ministerio a favor del Reino. Se cuenta que “una joven madre jamás podrá olvidar que, lo último que vio en el momento en el que un violento terremoto sacudía a Armenia, en Colombia, fue el rostro sorprendido de su hijo de seis años cuando lo empujó para evitar que una pared cayera sobre su cuerpecito. La mujer no salía de su asombro y batallaba, minutos después, con la zozobra de saber qué había ocurrido con el menor. Alrededor una inmensa nube de polvo. A lo lejos, el sonido de las ambulancias y los vehículos de la policía. En cuestión de segundos todo estaba destruido. Años después, su hijo contaría que gracias a que su madre se interpuso a tiempo, estaba vivo. Agradecía esa decisión de la joven progenitora. Ella solo sufrió alguna que otra contusión que no pasó a mayores.”   

viernes, 17 de septiembre de 2021

Ser carbón o diamante

“Yo podría gloriarme de alguien así, pero no de mí mismo, a no ser de mis debilidades. Aunque si quisiera yo gloriarme, eso no sería ninguna locura, porque estaría diciendo la verdad; pero no lo hago, para que nadie piense que soy más de lo que aparento o de lo que digo, juzgándome por lo extraordinario de esas revelaciones.” 

2 Corintios 12,5-7a

Se cuenta que en un curso de confirmación, el pastor comentó lo siguiente ante un grupo de adolescentes: “El carbón y el diamante son del mismo material: de carbón. El carbón absorbe la luz; el diamante la refleja. Hay cristianos que son semejantes al carbón y los hay que son semejantes al diamante. Al examinar sus creencias, son iguales; pero al examinar su experiencia religiosa... y al observar su vida, sus costumbres, su utilidad en la iglesia y en la sociedad... ¡no son iguales! Uno es opaco y otro es luminoso. Cada cristiano debe examinarse para saber si es carbón o si es diamante.” Un himno que solía cantar de niño comenzaba con la siguiente estrofa: Nunca esperes el momento de una grande acción, ni que pueda lejos ir tu luz; de la vida a los pequeños actos da atención, brilla en el sitio donde estés. Como cristianos y cristianas somos llamados y llamadas a reflejar la luz de Cristo en nosotros y nosotras. Gloriarnos de nuestras debilidades para que sea el poder de Dios manifestado en Jesús el que se manifieste. Dar testimonio al mundo en lo cotidiano anunciando la Buena Nueva del Reino de Dios. Comprometidos con el Evangelio de Aquel que confesamos Señor y Salvador de nuestras vidas. Ser diamantes, luminosos, testigos fieles de Cristo.