viernes, 8 de septiembre de 2017

Concilio de Trento - Raíces de ayer…frutos de hoy - Ponencia de Walter Alejandro Paris

Ponencia para el encuentro del Miércoles 23 de agosto de 2017 en dependencias de la Catedral Católica de la Ciudad de Bahía Blanca.
Autor: Walter Alejandro Paris, sacerdote de la Iglesia Católico-Romana en Punta Alta
Para poder hablar del Concilio de Trento en el contexto de los 500 años del Reforma sin caer en dialécticas, desearía plantear dos premisas:
1. La realidad es positiva porque existe. Todo lo que existe es sostenido por el acto creador de Dios y nos abraza dramáticamente a través de la realidad, porque “Todo conviene para el bien de los que lo aman” (…)
2. Como consecuencia, las personas que tenemos delante, SON UN DON DE DIOS… Este es el sentido de estar juntos hoy, este es el sentido que encuentro del ecumemismo: reconocer que lo que acontece delante nuestro es un don, un imprevisto con el que Dios quiere despertar nuestro corazón.

La Reforma es una acontecimiento frente al cual la Iglesia se hace preguntas y el Concilio de Trento también es un acontecimiento destinado a profundizar la experiencia de Dios que estamos haciendo.
El concilio sucede en un determinado contexto epocal, pero no es sólo para ese tiempo, es para siempre, porque sigue hablándonos a todos hoy. Es necesario separar la coyuntura que lo provocó de la propuesta cristiana que hizo. En ese sentido, nos invita a confrontarlo con nuestra experiencia cristiana, con el camino de fe que estamos realizando.
Cristalizar Trento en una doctrina es un error, porque la propuesta de un concilio es renovar la fe a luz del camino total que la comunidad va realizando; porque nadie se convierte a partir de una doctrina (la vida de San Agustín es un ejemplo) o por una decisión ética, sino a partir de hacer experiencia de la contemporaneidad de Cristo y de su misericordia que nos abraza. El corazón sólo se moviliza a partir de una experiencia de comunidad que nos hace percibir que Él está presente y está actuando.
Esto nos lleva a profundizar cuál es es punto de partida de la experiencia cristiana. Es la UNIDAD, que desafía la división y la violencia que el pecado introdujo en la historia. Que hoy nos encontremos a escucharnos con amor, desafía el mal y nos pone en la perspectiva de que la obra más grande de todos los cristianos es la Unidad, porque es el signo de credibilidad más palpable de Presencia del Señor, como el mismo Jesús nos dice. Es nuestra comunión la que hace palpable la experiencia de Cristo Presente, porque como nos dice el Concilio Vaticano II profundizando la reflexión sacramental de Trento, “… la Iglesia es en Cristo como un sacramento, o sea signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano…”. Esta es nuestra tarea y esta es nuestra misión. Podríamos decir hoy que lo que estaba en crisis en tiempos de la Reforma y del Concilio de Trento, no era una doctrina, sino la mismísima sacramentalidad de la comunidad como signo palpable del abrazo paterno de Dios en la historia a través de Jesús de Nazareth.
El Papa Francisco en su carta al Cardenal Brandmüller, legado para la celebración de los 450 años de la clausura del concilio, llama a la Iglesia a escuchar al Espíritu Santo, para retomar y meditar ampliamente la doctrina trindentina. Como todo concilio sigue hablando al corazón del Iglesia, invita a una interpretación renovada, retomando la invitación que ya había realizado su predecesor Benedicto XVI. Esta renovación permanente, que no es otra cosa que dejarnos interpelar por el concilio desde la experiencia de fe que estamos haciendo -nos dice- es una propiedad de la Iglesia dada por el mismo Señor Jesús. En nuestra condición de peregrinos estamos llamados a través de los siglos, a través del tiempo, a crecer en la comprensión del acontecer de Dios a través de la realidad, conservando nuestra unidad de Pueblo de Dios. Estas palabras de Francisco, retomando las de Benedicto, son una invitación a mirar la realidad, donde nos habla el Señor y a no clausurar en un discurso, o una letra muerta la acción que Dios va realizando en la historia. Porque ninguna palabra humana puede agotar la belleza del acontecer divino.
Por eso buscando interpretar los signos de los tiempos, tenemos que seguir avanzando dejándonos interpelar por la experiencia de Trento y de la Reforma, de manera que respondan al camino de fe que estamos haciendo. De esta manera, en la perspectiva de que la unidad no es una obra nuestra sino de la gracia del Espíritu, es necesario preguntarnos ¿por qué no encontrarnos si el otro es un don de Cristo? ¿qué significa la gracia de estar juntos a pesar de las diferencias? Y más ¿qué significan la diferencias? incluso con la audacia de ver si esas diferencias existen como de hecho ha ocurrido. (Declaración conjunta sobre la Divinidad de Jesucristo y la Declaración conjunta sobra la Justificación)
Ante todo, nos encontramos, no para arrojarnos nuestras diferencias como piedras, sino para disfrutar de la compañía de Jesús que está Presente medio de nosotros. Y también como dijo el Papa Francisco en una entrevista dada a Civita Cattolica antes de su viaje a Suecia, “En los diálogos ecuménicos las diferentes comunidades deberían intentar enriquecerse recíprocamente con lo mejor de sus tradiciones. ¿Qué podría aprender la Iglesia Católica de la tradición luterana?”.

Como decía, la Reforma aconteció y llenó de preguntas a la Iglesia. El Concilio de Trento también aconteció y tiene que llenarnos de preguntas a todos. Después de este largo camino recorrido, que existan diferencias en los conceptos, en los términos, en las prácticas y en la disciplina, tiene que llamarnos a preguntarnos por el significado de la verdad, la belleza y el bien que son los fundamentos de la justicia; porque la verdad como dijo el gran teólogo Von Balthasar es sinfónica. Jesús nos llamó a ser fieles a la Verdad no a una doctrina. La doctrina es una perspectiva humana de la verdad, pero la verdad es otra cosa, es Él mismo. Y para ser fieles a la verdad, siguiendo a Benedicto XVI, “tenemos que renunciar a la pretensión de poseerla y dejarnos poseer por ella”.
Como decíamos en las premisa, la realidad es positiva porque existe y es un don que Dios pone delante nuestro y es para nosotros. Tratar de ir más al fondo del acontecimiento de la Reforma y de Trento implica evitar las dialécticas, porque Dios no es dialéctico, Dios es Padre es unidad (Hegel está equivocado). Dios no es dialéctico porque la dialéctica implica destrucción (ya sea de uno de los polos porque prevalece uno, o de los dos porque la síntesis los fagocita y los suplanta); sin embargo, la unidad no destruye, sino que abraza, porque todo es valioso y recuperado en el abrazo eterno del Padre, hasta el buen ladrón. Un padre verdadero no se deshace de ningún hijo.
Por eso, Dios sigue permitiendo que 500 años después estemos los unos frente a los otros, para continuar el camino de superación del extrañamiento, para que dejemos de ser “otros” y nos reconozcamos cada día más “hermanos”, para que nos encontremos, porque el fratricidio de Abel en manos de su hermano Caín ha sido destruido por la resurrección de Cristo, porque lo único que destruye el Amor de Dios es al mal.
Quisiera destacar algunos aspectos del Concilio de Trento, a partir del llamado del Papa Francisco a tener sobre él una mirada renovada desde nuestra experiencia de Fe como pueblo peregrino.

La doctrina de la justificación

El Papa Benedicto en la audiencia del 4 de febrero de 2009 con motivo de martirio del apóstol San Pablo, nos decía: “Un verdadero viraje se produjo en el siglo XVI con la Reforma protestante. El momento decisivo en la vida de Lutero fue el llamado "Turmerlebnis" (1517), en el que en un momento encontró una nueva interpretación de la doctrina paulina de la justificación. Una interpretación que lo liberó de los escrúpulos y de las ansias de su vida precedente y le dio una confianza nueva y radical en la bondad de Dios, que perdona todo sin condición. Desde ese momento, Lutero identificó el legalismo judeo-cristiano, condenado por el Apóstol, con el orden de vida de la Iglesia católica. Y, por eso, la Iglesia le pareció como expresión de la esclavitud de la ley, a la que opuso la libertad del Evangelio. El concilio de Trento, entre 1545 y 1563, interpretó profundamente la cuestión de la justificación y encontró en la línea de toda la tradición católica la síntesis entre ley y Evangelio, conforme al mensaje de la Sagrada Escritura leída en su totalidad y unidad”. Por eso, cuando dejamos de detenernos en la doctrina y ponemos la mirada en la confrontación con la experiencia de fe que estamos haciendo acontece la belleza, la belleza de una declaración conjunta sobre la justificación, que ha sido un bien para todos los cristianos, y una expresión del reconocimiento de la unidad que sólo Dios puede realizar entre nosotros si lo dejamos.

La sagrada escritura

El Papa Francisco en la citada entrevista de Civitá Cattolica que las dos cosas que tenemos que aprender la tradición luterana son Reforma y Escritura. Yendo a la Escritura, el papa reconoce para todos que “Lutero ha dado una gran paso para poner la Palabra de Dios en las manos de Pueblo”. Fue toda una provocación que la Iglesia tardó en asumir como signo de lo que Dios quería comunicar, pero dejándose poseer por la verdad y renunciando a la pretensión de poseerla, hemos podido encontrar una gran riqueza y renovación a partir de la Palabra de Dios en manos del Pueblo. Y esta fue una gran consigna del Concilio Vaticano II.
Me gustaría destacar que este paso importantísimo dado por Lutero y resistido inicialmente por la tradición católica, nos pone hoy a todos en una perspectiva nueva frente a la escritura. Me resulta estéril, la discusión sobre la “sola scriptura”, porque como dijo Benedicto XVI en el aula del Sínodo sobre la Palabra: “Palabra es más que Biblia” porque no somos una religión de un libro sino testigos del acontecer del Palabra Eterna de Dios hecha carne que nos sigue abrazando hoy con misericordia. Parafraseando una antigua declaración me permito decir: “la comunidad hace la escritura y escritura hace la comunidad”. La Reforma nos ayudó a darnos cuenta de la centralidad de la escritura en la vida de la comunidad, porque es Palabra de Dios; y Trento nos ha ayudado a darnos cuenta que la escritura refleja la experiencia de fe que hace la comunidad (el Pueblo de Dios) que fija por escrito su experiencia, y nos ayuda confrontar nuestra experiencia de fe hoy. En este sentido el Concilio de Trento habló de tradiciones escritas y no escritas (el Partim et Partim)
El Papa Juan XXIII en discurso inaugural del aula conciliar sobre la sagrada escritura que dio la Constitución Dogmática Dei Verbum, pidió no ir más allá de Trento, pero sí profundizar el lugar de la Palabra de Dios en la Iglesia. Y así se introdujo una conceptualización superadora que no pone la mirada en la dialéctica doctrinal, sino en la naturaleza profunda de la Escritura, el hecho de ser parte del acto revelador de Dios en la historia. Es decir, que lo importante es lo que Dios nos quiere revelar: “Dispuso Dios en su sabiduría revelarse a Sí mismo y dar a conocer el misterio de su voluntad, mediante el cual los hombres, por medio de Cristo, Verbo encarnado, tienen acceso al Padre en el Espíritu Santo y se hacen consortes de la naturaleza divina. En consecuencia, por esta revelación, Dios invisible habla a los hombres como amigos, movido por su gran amor y mora con ellos, para invitarlos a la comunicación consigo y recibirlos en su compañía. Este plan de la revelación se realiza con hechos y palabras intrínsecamente conexos entre sí, de forma que las obras realizadas por Dios en la historia de la salvación manifiestan y confirman la doctrina y los hechos significados por las palabras, y las palabras, por su parte, proclaman las obras y esclarecen el misterio contenido en ellas. Pero la verdad íntima acerca de Dios y acerca de la salvación humana se nos manifiesta por la revelación en Cristo, que es a un tiempo mediador y plenitud de toda la revelación” (DV 2)

Y en nº 11: “Las verdades reveladas por Dios, que se contienen y manifiestan en la Sagrada Escritura, se consignaron por inspiración del Espíritu Santo. la santa Madre Iglesia, según la fe apostólica, tiene por santos y canónicos los libros enteros del Antiguo y Nuevo Testamento con todas sus partes, porque, escritos bajo la inspiración del Espíritu Santo, tienen a Dios como autor y como tales se le han entregado a la misma Iglesia. Pero en la redacción de los libros sagrados, Dios eligió a hombres, que utilizó usando de sus propias facultades y medios, de forma que obrando El en ellos y por ellos, escribieron, como verdaderos autores, todo y sólo lo que El quería. Pues, como todo lo que los autores inspirados o hagiógrafos afirman, debe tenerse como afirmado por el Espíritu Santo, hay que confesar que los libros de la Escritura enseñan firmemente, con fidelidad y sin error, la verdad que Dios quiso consignar en las sagradas letras para nuestra salvación. Así, pues, "toda la Escritura es divinamente inspirada y útil para enseñar, para argüir, para corregir, para educar en la justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto y equipado para toda obra buena" (2 Tim., 3,16-17).
Poniendo la mirada en el amoroso acto revelador de Dios, la comunidad hace la escritura y la escritura edifica la comunidad.


Lutero hoy en la mirada de la Iglesia actual, postrindentina y posVaticano II

Retomando la entrevista de Civitá Cattolica, tenemos que aprender de la tradición luterana el concepto de reforma. Dice el papa Francisco: “Al inicio el de Lutero fue un gesto de reforma en un momento difícil para la Iglesia. Lutero quería proponer un remedio a una situación complicada. Después ese gesto -también a causa de situaciones políticas, pensemos también en el cuius regio eius religio- se transformó en un “estado” de separación, y no en un proceso de reforma de toda la Iglesia, que sin embargo es fundamental, porque la Iglesia es semper refromada (está en permanente refroma)”.
Continuando con una rueda de prensa que el Papa concedió en su retorno de Armenia a Roma, contestó una pregunta sobre la posibilidad de levantar la excomunión a Luterao, con ocasión de su próximo viaje a Suecia, para conmemorar los 500 años de la Reforma. Dijo el Papa:
“Yo creo que las intenciones de Martín Lutero no eran equivocadas, era un reformador. Tal vez algunos métodos no era los justos, pero ese tiempo si leemos por ejemplo la historia de Pastor, un obispo alemán, que se convirtió cuando vio la realidad, se hizo católico. En ese tiempo la Iglesia no era un modelo a imitar, había corrupción en la Iglesia, había mundanidad, el apego al dinero, al poder, y por esto él protestó. Él era inteligente, ha hecho un paso adelante justificando por qué lo hacía, y hoy luteranos y católicos, protestantes, todos estamos de acuerdo con la doctrina de la justificación, en ese punto tan importante él no se ha equivocado (…) ese documento sobre la justificación es uno de los documentos ecuménicos más ricos, más profundo (…)”
Para finalizar algunas semblanzas de la Misa por los 450 años de la clausura del Concilio de Trento

El cardenal alemán Walter Brandmüller destacó en su homilía de la Misa de acción de gracias por los 450 años de la clausura del concilio:
Un estudioso del concilio lo ha llamado “el milagro de Trento” y que “solamente en retrospectiva podemos reconocer con cuánta potencia el Espíritu de Dios, justamente por medio del concilio intervino en el destino de la Iglesia”, y se puede ver a tal punto que los siglos posteriores son definidos como posttridentinos.
Siguiendo el  pedido del Papa Francisco, antes citado, el cardenal destaca que “… hoy después de 450 años en que nosotros cristianos del tercer milenio entonamos el mismo Te Deum  de entonces, no debemos hacerlo con la mirada nostálgica hacia el pasado, sino más bien, celebramos este jubileo con la mirada hacia la Iglesia y el mundo, aquí y ahora”.

Entonces se pregunta: “¿qué mensaje no llega hoy del concilio a través de los siglos?”. Es importante hacernos esta pregunta porque todos los concilios siguen hablando al corazón de la Iglesia peregrina. A través de visiones historicistas y dialécticas algunos, incluso dentro de la Iglesia por la positiva o por la negativa, presentan al Concilio Vaticano II como la despedida de Trento, sin embargo, continúa Brandmüller, “la constitución Lumen Gentium del Concilio Vaticano II, que expone la enseñanza sobre la Iglesia en 16 pasos, hace referencia explícita a documentos del Concilio de Trento. O sea, después de 450 años éste, está presente en la vida de la Iglesia hoy”.
Al concluir, el cardenal manifestó que el Papa le indicó la necesidad de redescubrir en la realidad humana y peregrina de la Iglesia la presencia de Dios, “la figura de lo divino, para superar aquella deplorable mundanización de la Iglesia que es un obstáculo para la salvación eterna de los hombres”.
Finalmente, llamó a confiar en la Presencia del Señor que hace la historia y ha permitido este camino que nunca es oscuro, aunque haya dificultades, porque él hace que todo sea positivo, destacando que unos de los frutos del concilio de Trento fue la difusión de la buena noticia a través de la expansión europea en el mundo. De Trento se esperaba un futuro oscuro para la Iglesia y no ha sido así, hoy estamos juntos, nos encontramos, porque lo que prevalece es la Presencia del Señor.
Y cerró, “hoy tenemos que estar colmados, no solamente de gratitud por esto, sino también de esperanza en que el Concilio Vaticano II -que los más ancianos de nosotros hemos vivido personalmente- en su tiempo pueda dar los mismos frutos que este concilio que recordamos hoy”.

1 comentario:

  1. Gracias por compartir este mensaje y me quiero quedar con esta afirmación del hermano que dice: "Es la UNIDAD, que desafía la división y la violencia que el pecado introdujo en la historia. Que hoy nos encontremos a escucharnos con amor, desafía el mal y nos pone en la perspectiva de que la obra más grande de todos los cristianos es la Unidad, porque es el signo de credibilidad más palpable"

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